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Se recogen ya los invitados del banquete nupcial que hoy se ha celebrado en el hotel. Ya sólo quedan dos niños que juegan con una tablet y un par de fumadores que discuten las esencias del menú y el futuro de la feliz pareja. Sopla una ligera brisa en Zaragoza en la noche de nuestra despedida mientras Tom Waits se desgañita para imponer su voz rota sobre los decibelios en forma de ruido que emanan del hilo musical del hotel. Levanto la vista a la alameda que esconde a sus espaldas la estación del AVE y de nuevo centro mi atención en ese chico embaucado por el poder seductor de la pantalla. No hay dudas, el futuro ya no es lo que era.

Pero de poco sirve echar mano a la nostalgia en la víspera de los exámenes. Toca descansar y confiarse a la providencia, providencia digo, en forma de recuerdos e imágenes vividas. Dentro de unas horas la pausada placidez de esta terraza dejará paso a los nervios propios de toda situación de estrés. Entonces no será Tom Waits, sino los profesores, los que se dejarán la voz para que se respeten los tiempos y los espacios garantizando así la objetividad, fiabilidad y validez que se exigen para cualquier prueba de capacitación.

De todas maneras, más allá de lo que digan nuestras calificaciones del día de mañana y de todo el proceso que iniciamos en abril, como bien se ha dicho durante el curso, será el baloncesto el que nos juzgue. De baloncesto, precisamente, me hubiera apetecido hablar más con los compañeros. Demasiado enfocado en la tarea apenas profundicé en debates sobre metodologías y estilos de entrenamiento y aunque sí es verdad que me llevo algunas amistades, eché de menos la caramadería que, por ejemplo, sí que encontré durante la realización del segundo nivel en Valladolid.

Sea como fuere, toca reagruparse, tomarse el merecido descanso, y volver a pensar en baloncesto. Mañana sólo es un punto final en el proceso que iniciamos en abril. Aún tenemos pendiente el período de prácticas y el desarrollo de un pequeño proyecto. Seguramente, aprovechando la contratación del NBA League Pass, y aunque aún no elevé mi propuesta ante el claustro de profesores, analice las situaciones especiales de final de partido tratando de encontrar, a través de una evaluación pautada, los patrones más productivos.

Me despido. No de ustedes, a los que aún aburriré con un par de entradas más de despedida, cierre o conclusiones, como prefieran llamarlo. Tampoco de Zaragoza, a quien obsequiaré con mi presencia un día más. Me despido de esta experiencia, de sus altos y sus bajos, de sus dimes y diretes. De esta terraza y de esta brisa que acostumbra a llevarse las palabras con el viento. Éstas, aunque en negro sobre blanco, también volarán algún día sobre la nave del olvido al ritmo de las burbujas que la niña de la que antes hablaba ha creado. Aún hay esperanza. Suena “Long way home”. Quizá por casualidad.

 




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