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Escribo pronto y rápido. Jenaro Díaz nos ha citado a las seis de la madrugada para una sesión de vídeo antes de las suyas de meditación. Puede que sea la broma pesada del CES, pero en cualquier caso será una prueba de actitud a la que no pretendo faltar a pesar de que aún tengo que preparar una reunión con los compañeros de grupo y terminar de definir algunos detalles sobre la zona 2-3 para mostrar, en estrecha colaboración con otro compañero, al resto de la clase.

Ojo, no se confundan, no son lamentos. Todo lo que sucede en este curso terminará floreciendo algún día. De momento acumulo semillas, pequeños brotes o retoños aún por madurar y crecer. En catorce días no hay tiempo para que tomen la luz suficiente y beban el agua que han de beber. Hoy actuaron de jardineros nuevamente Jenaro Díaz y Porfirio Fisac, además de Gustavo Aranzana, Jesús Sala y Andreu Casadevall, todos ellos entrenadores de prestigio con numerosas horas de baloncesto en las alforjas. Debo admitir, y ensalzar no es desmerecer a los demás, que el que más me gustó fue nuevamente Porfi. Sus mensajes, leídos sobre el papel, bien podrían parecer los de un prestidigitador, pero hay que escucharlos en vivo para percatarse del sentimiento que envuelven. Él sí que sabe tocarnos la fibra cuando interpela a nuestra pasión por el baloncesto y a nuestra condición de entrenadores. Entrenadores, repitió con énfasis. Somos entrenadores. Y calló durante unos segundos.

Pero el momento más emotivo y edificante del día fue observar de cerca a dos grandes (en todos los sentidos) como Ferrán Martínez y Audie Norris confesarnos sus secretos sobre el juego subterráneo en el poste medio. Da gusto encontrárselos en el hotel e intercambiar unas palabras con ellos, pero mayor placer aún supuso escucharles hablar sobre lo que fue y seguirá siendo su oficio. El hombre grande, ese eterno olvidado de nuestros equipos, ese ser extraño que parece que vaguea en los entrenamientos y al que le pedimos constantemente que esté bloqueando y forzando balances para beneficio del resto, necesita que le comprendan, que nos pongamos en su lugar y que, si no logramos entenderle por nuestra falta de experiencias sensoriales sobre su posición, al menos sí seamos capaces de escucharles.

Y es que por mucho que nos empeñemos durante reuniones a horas intempestivas en categorizar todos los elementos del juego, e introduzco aquí una visión personal, por mucho que creamos que tenemos una varita por rotulador con capacidad para hacer magia en los últimos segundos, el juego es lo que sucede en la cancha. En la de partido, pero sobre todo en la de entrenamiento, allí donde nos dejamos la piel a tiras por alcanzar objetivos que no siempre se van a materializar. Allá donde el jugador se expresa con y sin balón y siempre en conjunción con sus compañeros.

Muchas veces pensamos que para llegar a la élite de nuestra profesión o para sobrevivir a las dificultades es necesario que nos proveamos de un corazón de acero. Nada más lejos de la realidad. Como hoy nos enseñaron Ferrán y sobre todo Audie, emocionándose al recordar aquellas batallas deportivas con Fernando Martín, lo que hace falta para triunfar en el deporte y en la vida es un corazón de oro. Suena Neil Young. Son las dos y diez de la madrugada. Buenas noches.

 

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