Diego Ocampo

 

 

Por primera vez en este curso me he sentido tentado a abandonar a este diario y a vosotros, sus lectores, por una noche. El sueño y una práctica decepcionante me mantienen en una especie de letargo del que sólo un descanso reparador me puede rescatar. Hoy por primera vez he sentido que mi ambición no está a la altura del reto y que entrenar me gusta sólo hasta cierto punto. Vamos, que me costaría mucho renunciar a horas de sueño por hacer un scouting o a tardes de lectura, cine o recreo por planificar cargas al detalle o diseñar tareas muy concretas para trabajar determinadas vías de obtención energética que es, por otra parte, lo que se nos exige como entrenadores y formadores. A lo que debemos aspirar siempre que nos ponemos delante de veinticuatro ojos expectantes. O los que sean.

No digo esto, ni mucho menos, porque la tarea diseñada en la escuela práctica no respondiera a los objetivos planteados a pesar de contar con el asesoramiento de una estrella como Norris. Es más, agradezco todas y cada una de las correcciones del director del curso, Miguel Martín, todas ellas repletas de ese adimento que es el criterio, el buen criterio, el que nos faltó. Ahora sólo queda tomar notas con rotulador permanente para que permanezcan indelebles en nuestro subconsciente y construyan, a base de práctica, un aprendizaje significativo.

Se dice fácil, claro, pero hacerlo cuesta más. Dicen los que lo han comprobado, los que se empeñaron en mejorar cada día, que son los que de verdad pueden decirlo, que requiere de trabajo diario y constancia en la búsqueda del objetivo. Porque el éxito es un camino y un camino, otro más aunque sin duda más reconocible por la humildad de quien lo recorrió paso a paso, es el de Diego Ocampo. El entrenador orensano manejó un discurso basado en el trabajo y la ilusión y, lo que es aún más difícil, lo llenó de contenido durante las intervenciones regladas (ampliamente recomendable el trabajo de detalles técnicos defensivos) y especialmente sentándose con los alumnos en la terraza al aire libre del hotel a altas horas de la noche improvisando una pequeña charla en la que no dudó en mirarnos a los ojos y transmitirnos confianza.

Mientras tanto seguimos avanzando en las tareas colectivas. La languidez con que trabaja el wi-fi (siento tener que decirlo a diario, pero no lo puedo evitar) no es obstáculo para que analicemos una a una y al más mínimo grado de detalle las posibilidades ofensivas de los jugadores de nuestra selección en la archiconocida acción del bloqueo y continuación. A través de una rúbrica, un sistema de evaluación basado en una matriz de doble entrada y de base cualititativa, intentaremos “chivarle” al seleccionador qué combinación de jugador exterior e interior podría ser más efectiva en base a la observación de los criterios previamente definidos. De nuevo, como en todos estos días, estamos luchando para enebrar el fino hilo del detalle en la aguja de la simplicidad procurando, claro, no hacernos daño.

Para despedirme sólo las primeras notas de The River del jefe Bruce Springsteen. Sólo las primeras no sólo por su belleza, sino porque se trata de darse sólo un pequeño remojón para renovar fuerzas e ilusión. Mañana será otro día.

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