¿Por qué soy seguidor de Aíto García Reneses?


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Uno es un poco raro en lo que se refiere a las preferencias del equipo. No soy de ningún equipo en particular; tengo una clasificación de preferencias en la que se ordenan los equipos y que es variable. Una temporada el Bilbao es el penúltimo, la siguiente es el cuarto. Puede incluso cambiar durante una temporada, y un equipo que es de los peores pasar a estar entre los más preferidos la semana siguiente para luego caer al medio otra más tarde. Incluso es posible que un equipo A lo tenga por encima de un equipo B en general, pero que en los enfrentamientos directos prefiera la victoria del B. Así sucedía con Real Madrid y Barcelona a principios del siglo: prefería al Barcelona sobre el Real Madrid; pero en los enfrentamientos directos quería que ganase el Real Madrid. 

Ha sido así desde el principio. Cuando empecé a seguir, más o menos, el baloncesto tendría cinco años. Me dijeron que el Juventut era de Burgos, así que cuando empecé a ver baloncesto, iba con el Joventut. Tardé poco en ver que era el Joventut y de Badalona; pero eso no me importó en absoluto: tenían el uniforme más bonito. Al principio no me preocupaba mucho por pillar los partidos, pero si encontraba uno en la tele lo veía, o al menos no guardo mucha memoria de ello, en aquella época inicial el deporte que me apasionaba era la Fórmula 1 por delante de las motos. Con el tiempo empecé a seguirlo más y a interesarme más, según fui viendo que el baloncesto era interesante y lleno de acción. Cosa que quedó fijada por los duelos Audie Norris – Fernando Martín. La comparación como más o menos equivalentes del Estudiantes con el Joventut hizo del Estudiantes mi segundo equipo favorito tras el Joventut. Posteriormente Arlauckas en el Taugres hizo que ese equipo fuera mi tercero en preferencias. Fernando Martín me quitó el antimadridismo del fútbol (que no era antimadridismo, sino anti-fútbol, por los “queremos ganar 1-0 de penal injusto” de las entrevistas a aficionados y continuas quejas por decisiones arbitrales evidentemente correctas contra el equipo local) pero ser de un equipo con uniforme totalmente blanco lo dejó en el medio, junto con el Barcelona; además esos dos tenían sección de fútbol. 

A partir de esos duelos empecé a seguir el baloncesto con devoción, viendo absolutamente todo lo que diera la tele. Menos los partidos de la NBA, pues la mala suerte con los partidos encontrados a horas decentes y ciertas actitudes de los comentaristas me llevaron a crear hostilidad contra la NBA (de la cual sólo hace poco logré ver el primer partido entero, un cuarto cada vez). Desde entonces con qué equipo vaya primero ha sido variable, depende de quién sea el entrenador, qué jugadores tenga, cómo sea su uniforme, cómo esté pintada su cancha, historia reciente, qué haya podido mostrar la afición…

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Así que inicialmente era Joventut-Estudiantes-Taugrés, tras las dos ligas del Joventut, el Estudiantes pasó al primer puesto. Pero según fui viendo más y más baloncesto, fui fijándome en pequeños detalles y escuchando a los comentaristas, haciéndome alguna idea, figurándome ciertas cosas, fijándome más en cuestiones tácticas y en lo que hacían los entrenadores. Empecé a darme cuenta de algunas cosas que hacían la mayoría de entrenadores y de las cosas que hacía Aíto, y con ello de cómo éste era superior a la mayoría de entrenadores. No sólo eso, sino que era el mejor entrenador español. Y para mí el mejor absoluto. 

Primero me gustó su disposición a variar el quinteto inicial en cada partido y con ello su manejo de las rotaciones. Eso era, sigue siendo, algo poco visto. La mayoría de los equipos tiene un quinteto inicial definido y así se mantiene en casi todos los partidos. Frente a la simple identificación de los cinco mejores y posterior gestión del cansancio y las necesidades tácticas, la adaptabilidad a cada partido, la planificación táctica completa de cada partido sin que haya nada intocable, incluyendo el quinteto inicial. Y que tampoco haya nadie intocable; nadie tiene garantizado empezar los partidos ni tener más minutos que nadie, cuando ya era Artista recuerdo a Gurovic, el fichaje más caro hasta entonces, jugando menos de veinte minutos por partido durante bastante tiempo. 

Lo anterior no es sino una expresión más de la otra virtud que percibí, que es la de la flexibilidad táctica y la riqueza de ideas con las que reaccionar a las diferentes situaciones del partido. Y la disposición a no excluir ninguna herramienta para llevar el partido a donde quiere. No sólo cambiar los quintetos iniciales, también colocando a jugadores en posiciones distintas de las tradicionalmente asignadas a ellos. Y por ello sus innovaciones, esas defensas de saques por detrás que hizo en algún momento, sus defensas presionantes, la introducción a principios de los ochenta del ala-pívot… Y su audacia para utilizar recursos sorprendentes, aunque puedan ser cosa del pasado: así, una de las cosas que aumentó mi admiración por él fue, en los noventa, ver un partido en que rompió una defensa que se le resistía a su equipo con un ataque en zona. Algo que nunca había visto y que según los comentaristas había dejado de usarse al menos veinte años antes.

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Otra cosa que delata su gran calidad como entrenador es la efectividad de sus tiempos muertos: es uno de los entrenadores que más he visto inclinar un partido a su favor tras un tiempo muerto con más frecuencia, ya sea logrando que el equipo se recupere en un momento en que las cosas iban mal o logren poner de cara un partido aparentemente apretado. 

Pero lo que más me ha gustado siempre de él, lo que me “enamoró” de Aíto ha sido siempre su manejo de los finales apretados. Es el gran problema que veía siempre de los equipos españoles y donde veía la superioridad de los equipos fuertes extranjeros: Siempre haciendo la acción que se corresponde con la respuesta fácil, la que primero sale antes de pensar más en sus implicaciones, lo que siempre piden los comentaristas, que a veces resulta ser la que más falla (véase mi pasado artículo sobre ganar de tres al final para un ejemplo). Saber qué hacer en estos momentos, tener personalidad para sorprender sin miedos, es lo que más he valorado siempre en un entrenador; y eso es lo que siempre he visto en Aíto. Es una especie de círculo vicioso, en cuanto que por eso admiro tanto a Aíto y en parte es por Aíto por lo que valoro tanto esta parte del juego. Pocas cosas me han producido tanto disfrute, tanto gozo y tanta satisfacción, como las sorpresas que él preparaba en los minutos finales de partidos ajustados. Siempre recordaré aquella semifinal de Copa del Rey del ’97 contra el Tau, en el que con 1:15 para el final del partido el Barcelona estaba quince abajo y a ocho segundos del final estaban con el balón y dos abajo. Odiaré toda mi vida a Goldwire por botarse el balón en el pie en ese momento y arruinar la que debió ser la remontada más espectacular (que yo viera) hasta entonces. Y lo mejor de todo, si mi memoria no me traiciona, es que lo hicieron sin lanzar un solo triple. Y mi momento favorito, aunque ya no recuerdo cuál era el equipo rival, en un partido de ACB, estando con menos de una posesión para el final, el balón en manos del rival y perdiendo de un punto, ante la estupefacción de los comentaristas, ¡Aíto pidió defender sin falta!… ¡Y funcionó! Robaron el balón a los pocos segundos y a continuación metieron la canasta que les daba el partido. Además, cuando necesita meter la canasta de la última posesión, sabe crear la sorpresa necesaria; puede encargar de la canasta al jugador evidente, pero creando unos movimientos que hagan creer que ha elegido a otro (la jugada con tres segundos para el final de posesión en la que Navarro empató con un triple contra China es un ejemplo magnífico, poniendo a Juan Carlos en el otro lado de la cancha), o eligiendo a un jugador que no es el esperado por el rival (lo que ayuda cuando se le elige para lograr el caso anterior). Es decir, no se crea fórmulas fijas, sino que tiene múltiples recursos y se adapta en cada situación para elegir la opción más adecuada.

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Un entrenador que tiene una personalidad fuerte, que exige a sus jugadores como hacen los mejores, que sabe formar a los jóvenes y llevarlos a desarrollar su potencial, sin reparos para poner por delante de los veteranos a los jugadores jóvenes que lo merecen, que no deja herramienta táctica sin utilizar, que sabe qué hacer en los finales apretados, que es audaz para plantear lo inesperado o planear una maniobra que haga lo esperado indefendible, innovador, con gran capacidad de adaptación, dispuesto a aprovechar todos los recursos a su disposición, audaz, que exige a sus equipos una gran disciplina de trabajo, que se valora la importancia de la formación académica e intelectual de los jugadores… son cosas que se pueden decir de él y que necesita cumplir el entrenador perfecto y que son suficientes para que sea considerado uno de los grandes entrenadores del baloncesto mundial. Por eso, siempre querré que gane todos los partidos y todas las competiciones en que participe. Y querré ver a su equipo. Es el primer absoluto de mis preferencias, cuando un equipo lo tenga a él entrenando, iré con ese equipo sin que importe nada más. Es posible hasta que si fuera entrenador y me enfrentara a él, no me doliera perder una final. Bueno, obviamente me dolería; pero “ha ganado el equipo de Aíto” me daría suficiente alegría para pasar mejor el trago.

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