3 de diciembre de 1989. El final del camino


3 de diciembre de 1989. El final del camino

Recuerdo a Antonio Martín entrando al hospital con gesto de preocupación. Recuerdo a José Luis Llorente, a los padres de Fernando Martín; recuerdo sobre todo a Antonio Díaz Miguel llorando ante los periodistas.

Recuerdo la sensación de incredulidad, el ver las cosas desde una nube; el pensar que no era cierto, que debía ser otro el que iba en aquel coche, que estaban equivocados. Recuerdo la sensación de irrealidad; la confirmación de las primeras noticias cuando ya en la televisión se dio por seguro que era Fernando Martín Espina el que se había estrellado en aquella curva de la M-30. Recuerdo a Audie Norris llorando inconsolable en el entierro de su gran rival.

Fuimos muchos los que nos enganchamos al baloncesto en aquella década de los ochenta. La de la séptima Copa de Europa del Madrid, la de la irrupción de una gran generación de jugadores que situaron el baloncesto en el primer nivel mundial, llegando primero a las semifinales de los Juegos de Moscú, luego a la final del Europeo del 83 tras una canasta de Epi que tumbaba a la URSS en el último segundo y por fin obteniendo una medalla de plata en Los Ángeles ante un equipo americano imbatible a todas luces. En aquellos Juegos conocimos a  Michael Jordan, Pat Ewing, Chris Mullin, Alvin Robertson, Sam Perkins… Pero también nos quedamos despiertos hasta las tantas un 8 de agosto de 1984 para ver cómo España le remontaba un partido que pintaba muy mal a la todopoderosa selección de Yugoslavia (los hermanos Petrovic, Andro Knego, Dalipagic, Sunara…).

Muy posiblemente, entre aquellas semifinales de Nantes y aquel 8 de agosto se pusieron las bases sobre las que el baloncesto español llegó a lo más alto dos décadas después. Fue cuando nos dimos cuenta de que podíamos competir con soviéticos y yugoslavos. Casi sin darnos cuenta habíamos llegado a la cima. 

Cuando en 1982 un bosnio desgarbado y alto nos enseñaba todo lo que se podía hacer con una pelota de baloncesto, muchos supimos que el baloncesto era nuestro deporte. Un buen día ese bosnio que respondía al nombre Mirza Delibasic fue capaz de poner en pie al público del máximo rival mientras les ganaba la liga en su propia casa. Aquello era algo impensable.

Aquella década fue la de los grandes duelos en Europa contra la Cibona de Zagreb, el Tracer de Milán, el Maccabi de Tel-Aviv o el Zalgiris de ese lituano que no había querido fichar por el TSKA de Moscú para permanecer en su tierra. Un Arvydas Sabonis que se había presentado en España de forma atronadora, reventando el tablero del Pabellón de la Ciudad Deportiva en el Torneo de Navidad del 84. Drazen Petrovic, Dino Meneghin, Miki Berkowitz, Nikos Gallis, Arvydas Sabonis y tantos y tantos otros grandes jugadores.

Fueron los años en los que descubrimos la NBA. En los que nos dimos cuenta de que los Harlem Globetrotters no eran el mejor equipo del mundo. Nos sentimos importantes cuando Fernando Martín fichó por los Portland Trail Blazers. Era el segundo jugador europeo que cruzaba el Atlántico y aquello nos enseñó un mundo nuevo. Mientras la NBA se abría por primera vez a Europa, nosotros, en un intercambio perfecto, empezábamos a ver sus partidos. A descubrir a Magic Johnson y Larry Bird, a seguir los primeros pasos de ese chico que había salido de la Universidad de Carolina del Norte y que había liderado la selección americana del 84 y que ahora jugaba en Chicago.

Fernando no tuvo suerte en Portland. Aquello fue una gran decepción, pero marcó el camino. Ni Gallis ni Meneghin se habían atrevido años antes a dar el salto, pero él no se lo pensó. Poco después llegarían allí Sarunas Marciulionis, Alexander Volkov, Drazen Petrovic, Vlade Divac… La NBA apenas se había fijado hasta entonces en Europa, pero en esos años 80 empezó a darse cuenta de que en el viejo continente también había gente que sabía jugar al baloncesto.

Realmente importó poco que Martín apenas jugara en Portland. Su sitio estaba en Europa y en Europa dominó los tableros durante muchos años. Su semi-gancho a dos metros del aro se recordará siempre, como su lucha en el poste bajo fuera quien fuera el pívot con el que estuviera emparejado. Cuando en 1987 el FC Barcelona fichó a Audie Norris para intentar parar a Martín, los aficionados pudimos disfrutar de dos años irrepetibles. De dos jugadores únicos peleando por un palmo de terreno. Imágenes que hicieron grande este deporte.

Es curioso que Fernando Martín llegara al baloncesto tarde, a los 15 años, como también habían llegado tarde otros dos genios como fueron Mirza Delibasic y Sarunas Marciulionis. Pero si hay un jugador con el que se le puede buscar un parecido, ese es sin duda el gran Drazen Petrovic. Dos genios del baloncesto, dos personajes polémicos, dos caracteres fuertes. Dos tipos indomables. Dos jugadores que se adelantaron a su tiempo. Dos jugadores que se fueron antes de tiempo.

Cuando Drazen fichó por el Madrid en 1988, todos  pensábamos que aquello no podía acabar bien. Que  las afrentas sufridas ante Petrovic habían sido demasiadas. Pero de la mano del croata el Madrid se llevó la Copa del Rey y la Recopa de Europa, perdiendo la liga tras un polémico partido. Aquella final de la Recopa es uno de los partidos más recordados de la historia del baloncesto. El duelo entre Petrovic, Óscar Schmidt y Nando Gentile convirtió el partido en un grandísimo espectáculo. Aquella noche Martín estaba lesionado. Un dedo roto no le dejó rendir bien pero aún así terminó el partido con 11 puntos y 10 rebotes.

Qué lejos estábamos de pensar que sería la última gran cita de Fernando Martín. Ese verano Drazen se declaró en rebeldía para poder fichar por los Blazers (otra vez las coincidencias: Drazen se iba al mismo equipo que Martín y tiempo después recalaría en los Nets, que también habían intentado fichar a Fernando Martín en 1985). Lolo Sáinz había dejado el Madrid y el entrenador era George Karl, un absoluto desconocido en Europa pero que venía con la etiqueta de ser un entrenador NBA. Tiempos de cambio para el Real Madrid en el inicio de aquella temporada 1989/90.

Aquel 3 de diciembre de 1989 el Real Madrid jugaba en el Pabellón de la Ciudad Deportiva contra el CAI Zaragoza su encuentro de la decimotercera jornada. El equipo de Karl llegaba con 10 victorias y 2 derrotas. Fernando Martín no había jugado los últimos cuatro partidos por una lesión de espalda. Aquella tarde tampoco estaba inscrito para jugar; él y Quique Villalobos figuraban en la lista de lesionados, pero los dos iban a estar presentes en el banquillo animando a sus compañeros. Y un poco antes de las tres de la tarde la tragedia nos alcanzaba en la incorporación a la M-30 desde la Avenida de América, dirección Norte. Si hubiera sido un día cualquiera entre semana, seguramente habría habido atasco en ese punto y nada habría pasado, pero era domingo y a las tres de la tarde no había apenas tráfico. Fernando Martín tomó esa curva, bastante cerrada y en cuesta abajo bastante pronunciada, a una velocidad excesiva. Una rueda se le metió en el badén lateral y perdió el control del coche. Cruzó los dos carriles laterales, atravesó la mediana, cruzó también los carriles centrales en dirección Norte, saltó por encima de la mediana central y terminó estrellándose contra otro coche que venía de frente. El impacto debió ser brutal. Fernando Martín falleció en el acto. El conductor del otro vehículo resultó herido de gravedad.

En una mueca amarga del destino, el jugador no tenía la documentación encima y fueron las postales con su foto que llevaba para repartir a los aficionados las que nos avisaron a todos de que quien iba en ese Lancia Thema que se había saltado las dos medianas de la M-30 para empotrarse contra otro vehículo era Fernando Martín. El símbolo de una década inolvidable en el baloncesto español, que terminaba con 28 días de adelanto. Cuando el 7 de junio de 1993 Drazen Petrovic moría en una colisión frontal contra un camión se cerraba el círculo. Tal vez los dos mayores exponentes del baloncesto de los 80 nos dejaban de la misma manera. Uno con 27 años, el otro con 28.

El baloncesto ha cambiado mucho desde entonces a un lado y otro del Atlántico. Han surgido nuevas figuras y la selección española ha superado en la última década los logros de la generación de los 80. Todos los veranos muchos jugadores europeos hacen las maletas rumbo a la NBA, pero yo cada vez que paso junto a la salida de la Avenida de América hacia la M-30, dirección Norte, no puedo evitar cierta sensación de orfandad.

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