Allen Iverson: Toda una carrera sometida a juicio


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Allen Iverson nunca entendió por qué a él, al contrario que a artistas y filósofos, se le negó la posibilidad de crear su propio universo moral y seguir su particular manual de vida, por qué cada una de sus actuaciones fue sometida a un juicio sumario en base a argumentos procedentes de culturas muy diferentes a la de su gueto en Hampton, estado de Virginia. Virginia, como bien pudo ser cualquier otro lugar, cualquier otra ciudad consumidora de almas.

Allí, en ese humilde rincón de este mundo perverso, Iverson empezó a demostrar sus innatas habilidades atléticas practicando con suma destreza tanto el football, ejerciendo como quarterback, como el baloncesto. Ya en su año junior (primero de bachillerato en España) condujo al Bethel High School a la victoria en el campeonato estatal de ambos deportes para ser nombrado por parte de la prensa especializada como mejor jugador de instituto en ambas disciplinas.

Nunca sabremos, en cambio, en qué se habrían convertido los más de 31 puntos que promedió aquel año durante la siguiente temporada y es que, involucrado de lleno en una pelea entre bandas con claros tintes raciales en el interior de una bolera, Iverson fue acusado de agredir a una joven blanca, así como de ser el principal instigador de aquel turbio episodio del que nunca conoceremos toda la verdad. Los quince años que el juez decretó como condena apestaban, por lo desproporcionado, a racismo y xenofobia. Su intento por que el joven Iverson fuera tratado, a nivel penitenciario, como un adulto, no prosperó y éste fue destinado a un correccional en el que, por fortuna, y justicia, (el gobernador del estado decretó su indulto), sólo pasó cuatro meses. Cuatro meses, por cierto, en los que Allen procuró mantenerse positivo y extraer lecciones de las que no ofrecen las aulas. Un tiempo, además, que le sirvió para preparar los exámenes y cumplir, de esta manera, el sueño de su madre soltera, una mujer que como su propio hijo declaró en varias ocasiones hizo “todo lo necesario” para sacar adelante a su familia. “Todo lo necesario”, recalcaba.

Fue su madre, precisamente, la que concertó una entrevista con el afamado entrenador de la Universidad de Georgetown, un John Thompson especializado en tutorizar prometedoras carreras amenazadas por la difícil mezcla de sobredosis de talento y carencia de madurez. En su currículum figuraban exitosas experiencias con Ewing, Mourning y Mutombo, hombres altos todos ellos que nada tenían que ver con este menudo genio al que le concedieron seis pies de estatura y 165 libras de peso por pura generosidad.

En Georgetown pasó dos años, dos temporadas en la que los Hoyas retomaron la senda triunfal bajo presupuestos, eso sí, muy diferentes de los que les hicieron temibles en los años 80, la época de The Hoya Paranoia, de la defensa asfixiante y la intimidación no sólo simbólica. Poco pudo hacer John Thompson para frenar el genio y la inspiración de Allen, un jugador que con independencia de la cancha que pisara, siempre se creía en el parque más cercano a su casa, jugando aquellas pachangas en las que fue conocido como “The Answer”. “Cuando mis compañeros querían ganar, yo era la respuesta. Si necesitaban que alguien anotara, yo era la respuesta”.

Cuestiones económicas y la necesidad, aunque no reconocida, de medir sus fuerzas con los mejores, motivaron su salida rumbo a la NBA, en el teórico ecuador del periplo universitario. Con el aval de su elección en el primer quinteto del año y consagrado como un anotador salvaje de múltiples recursos, sobre todo con balón, los Sixers no se lo pensaron dos veces antes de invertir, en su talento, la primera elección del draft.

Aunque sus números de anotación y asistencias le proclamarían rookie del año por delante de los otros grandes nombres de su promoción (Kobe Bryant o Ray Allen entre otros), si una palabra puede definir sus primeros años en la liga ésta es “controversia”. Así, aunque nadie dudaba de la espectacularidad de su veloz e inconsciente juego, muchos guardaban reservas acerca de su compatibilidad con la esencia del baloncesto: su espíritu colectivo. Las declaraciones se sucedían y mientras Phil Jackson admitió que pagaría por verle Charles Barkley menospreció la concesión del galardón afirmando: “Iverson is the playground rookie of the year”.

No hay nada de idealista, en cambio, en su involuntaria lucha contra el orden establecido. Pese a que su “no tengo que respetar a nadie en la cancha” iba especialmente dirigido a Michael Jordan de sus palabras sólo se desprende ese orgullo que el barrio te impone por cuestiones de supervivencia. El mismo orgullo que le impulsó a exponer su integridad física en cada entrada a canasta, al elevarse ante los grandes pívots del campeonato y, también, al ejercer de ladrón de guante blanco en defensa, un arte que, tal vez, también practicara en Hampton.

Durante los partidos no hubo un sixer más comprometido que Iverson. En los partidos digo, porque entrenar nunca le gustó demasiado. Es cosa de plebeyos y plebeyo dejó de ser cuando empezó a ganar dinero, a cubrirse de joyas (y complementos, y coches deportivos, y mansiones) y vestirse de Reebok, marca con la que firmaría un multimillonario contrato. Iverson actuó como hubiera actuado cualquiera de sus compinches de infancia, sin ideas elevadas más allá de los delirios provocados por la fiebre del oro. “¿Entrenar, dices? ¿Se supone que soy el jugador franquicia y tú me hablas de entrenar?” Practice, pronunció varias veces mofándose del significado de tan vulgar vocablo. Y la falta de “practice” fue, precisamente, el desencadenante de los problemas con el entrenador que durante más tiempo le tuvo a sus órdenes, Larry Brown.

Curiosamente, al comienzo de su relación, en la segunda temporada de Iverson como jugador profesional, éste se desmarcó afirmando “Dios me ha enviado a Larry Brown”. Lo que no sabía Allen era que quizá esto no era un regalo divino para él y sí un castigo para el enviado, un Larry Brown que tuvo que lidiar con las actitudes caprichosas de su estrella, desde la falta de puntualidad hasta la ausencia reiterada en los entrenamientos de tiro previos a los partidos. Así, frente a la mística empleada por el jugador, su entrenador respondió con frases más de aquí, para que todos las comprendiéramos: “La empresa para la que trabaja Allen es Reebook, no nosotros”. “Me pregunto cuál sería vuestra relación con un empleado que no llega a trabajar a tiempo, que elige dar siempre el mínimo de sus posibilidades, con alguien que no sigue la filosofía de la empresa y que además se pronuncia sobre lo triste que se siente por lo mal que ha sido tratado”.

No todo fueron dardos cruzados en su relación. Brown logró comprender lo difícil que era para su base-escolta representar a los suyos frente a pabellones y audiencias repletas de blancos que le acusaban, sin pruebas, de traficante, drogadicto o vándalo. Un single titulado “40 bars” escandalizó a la pulcra clase media norteamericana por sus afirmaciones misóginas y homófobas. Debía ser una de las piezas de un disco de ritmos raperos titulado “Jewels” que no llegó a ver la luz en una muestra más de la censura no oficializada que recorre un país tan lleno de santos como carente de vírgenes.

Pero antes de esos tiempos infelices en los que Allen se sintió fuera de sitio representando esa figura tan odiada por el pueblo del incomprendido forrado de pasta, hubo acontecimientos dichosos. Philadelphia volvió a engalanarse para unas finales 18 años después, cuando en 2001 un equipo reforzado con la presencia de Eric Snow en la base y de Aaron Mckie en el alero, se impuso en su conferencia tras superar en dos series consecutivas a siete partidos a los Raptors de Carter y a los Bucks de Ray Allen. Un milagroso partido de Iverson, con 48 puntos tras prórroga, les concedió una ventaja inicial que los Lakers, sus rivales en el enfrentamiento final, dilapidarían hasta firmar un contundente 4-1 que vino a dibujar fielmente la línea de separación entre el baloncesto de ambas conferencias.

Aquel 2001 fue sin duda su mejor año. Más adelante empezarían a sucederse las lesiones siendo la principal una bursitis en su codo derecho que le condenó, bendita condena, a usar una codera que más tarde se convertiría en uno de sus complementos favoritos. Su juego extremadamente físico no fue sólo la consecuencia de su particular filosofía de vida, sino también la única respuesta ante la escasa efectividad de su lanzamiento en suspensión, ése que una vez tras otra miles de entrenadores y compañeros le invitaron a entrenar. Para qué si a él le bastaban dos crossovers, o cinco o seis, para tumbar a su defensor y un par de rectificados, o tres o cuatro, para burlar a las ayudas.

Discutible o no su figura aportó frescura a una liga huérfana de Jordan y excesivamente orientada a la defensa. En un tiempo en el que los hombres altos (Duncan, O´Neal, Malone, Garnett,…) dominaban el campeonato, Iverson demostró que existía otro camino, más cercano al suelo, aunque en absoluto sencillo, para ganar partidos y acercarse al campeonato. Lo logró, además, frente a los estamentos de una liga que se desenmascaró al legalizar, en 2001, las defensas zonales, defensas que ya se practicaban de facto, pero que se vieron legitimadas a raíz de este cambio en el reglamento.

Retornando a aquella final de 2001, la historia nos dice que fue el comienzo de un leve aunque paulatino declive en la carrera del jugador. Así, pese a que sus récords de anotación se sucedían, los registros del equipo fueron cayendo en picado al compás del traqueteo de entrenadores y jugadores llamados a acompañarle en su compleja misión. Puede que Jerry Stackhouse, Tony Kukoc, Keith Van Horne, Chris Webber o Glenn Robinson llegaran a Philadelphia poco preparados o motivados, pero lo cierto es que para ellos no hubo peor receta que jugar al lado de Iverson. Encantado quedó, sin embargo, Jermaine O´Neal de compartir con el pequeño genio la experiencia olímpica en Atenas, ese triste bronce que bien pudo ser peor si Marbury no hubiera hecho el partido de su vida en los cuartos de final contra España. “Él hace lo necesario para ganar. Me encanta jugar con él”, decía el otro O´Neal para demostrar cuánto hay de cierto en aquel viejo dicho del dime con quién andas.

Hablando de compañías, en 2006 Iverson fue traspasado a los Nuggets para formar una dupla excelsa con Carmelo Anthony que terminaría poco tiempo después con resultados nada favorables. En todas las maniobras en las que el base de Hampton se vio envuelto siempre salieron ganando los equipos que se desprendieron de sus servicios. Pero no le bastó aquella señal para decir basta, hasta aquí he llegado. Más bien al contrario, siguió paseando su disminuido talento por Memphis y regresó a Philadelphia para luego viajar a Europa y Asia con el objetivo de rehacer una maltrecha hacienda, la suya, amenazada por el despilfarro y un millonario divorcio.

Ahora, tras varios años inmerso en un ocaso perpetuo, Iverson anuncia su retirada confiando en que los méritos contraídos sean suficientes para alcanzar un lugar en la historia del baloncesto y aspirar, así, a una redención por parte del deporte que le rescató de la pobreza sin necesidad de prostituirse física o moralmente. Porque si en la vida cometió muchas equivocaciones al baloncesto simplemente jugó como lo concibió, de la forma agreste y libertina como lo conoció. Y si hoy ha de llegarle el juicio sólo espero que el jurado no le niegue, al menos, todo lo que nos hizo disfrutar.

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