Educando al monstruo de Sacramento


Educando al monstruo de Sacramento

Los gólems están en extinción. Lejos queda aquella era en la que los Olajuwon, O´Neal, Ewing, Mourning o Mutombo incendiaban las zonas de la liga, en portentosos duelos por la dominación total de las pinturas. La evolución de nuestro juego ha venido limitando año a año el número de jugadores capaces de jugar de espaldas al aro y de buscar el contacto: contar con un gigante capaz de tales proezas es hoy un tesoro incalculable. 

Los Sacramento Kings cuentan con un tipo capaz de eso y mucho más: por la zona de la capital californiana patrulla un monstruo de 2.11 metros y 122 kilos, único en su especie debido a una letal mezcla de recursos físicos y técnicos. Un partido cualquiera de DeMarcus Cousins puede acabar convertido en una alegoría al baloncesto moderno: la oportunidad única de disfrutar con las evoluciones de un tipo capaz de destrozar los aros amparado en su fuerza bruta, y asegurar a la vez el rebote defensivo, para cruzar la pista valiéndose de una coordinación y un manejo de balón irreales en un individuo de su tamaño.  

3 años en la liga, ninguna presencia en el All Star Game, ningún partido disputado más allá del mes de abril. Y es que, tras esa exuberancia física y técnica de la que hablábamos en el párrafo anterior, Cousins oculta una inmadurez y falta de ética de trabajo que postergan su explosión definitiva. El ex de la universidad de Kentucky (acreditado devorador de coaches) no acaba de alcanzar ese nivel de compresión del juego, que elevaría inmediatamente su porcentaje de acierto en el tiro (44.8% en su carrera, provocado por un excesivo e incomprensible empecinamiento en los tiros lejanos, que deberían ser un recurso secundario dentro del extenso catálogo) y mejoraría un escaso impacto defensivo (tendencia a cargarse con faltas innecesarias, que limitan sus minutos en cancha).  

Aparcada la batalla del traslado a Seattle, los Kings se embarcan en otra más compleja si cabe: la de hacer entender a Cousins ese triple salto de madurez, estabilidad y liderazgo que su trayectoria y su equipo necesitan. ¿Misión imposible?: el futuro a corto plazo dará y quitará razones. 

La ingobernable azotea de DeMarcus, cuestión de estado en Sacramento.

Escrito por Juan Luis Barbero (@Juanlu_num7)

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