Empezamos a pensar en el final con una buena ventaja


Vamos este mes al complemento de mi serie sobre finales de partido. Vimos qué consideraciones hago cuando se gana por una posesión en la última del partido si el balón es del rival y de cómo afrontar los últimos minutos cuando se va perdiendo por una diferencia posiblemente definitiva. Hoy voy a pensar en cómo veo la situación cuando el equipo ha abierto una diferencia respetable que parezca difícil de remontar en el tiempo que queda.

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Tradicionalmente se ha considerado la frontera para considerar la remontada especialmente difícil la de un punto por cada minuto que queda hasta el final del partido. Más de veinte puntos quedando veinte minutos, más de quince quedando quince y más de diez quedando diez.

El primer peligro, el más evidente, es la relajación de los jugadores. Ya que se ha obtenido una diferencia que se considera cómoda, el jugador tiene la tentación de decirse que ya no es necesario esforzarse tanto. Al fin y al cabo, si estamos con esta gran ventaja, podremos mantenerla con mucho menos esfuerzo. Esto no sólo puede llevar a un descenso del rendimiento del equipo, sino a una desconexión del partido, una pérdida de concentración que, cuando llegue el momento en que el rival se acerce, sea muy difícil recuperar.

El segundo es que también se relaje el entrenador. Por ejemplo, que cuando el rival recorte cuatro o seis puntos por malas jugadas de ataque propias y malas defensas, piense que la diferencia es grande como para tomarse esa pequeña recuperación como algo a lo que responder y no pida un tiempo muerto para pararlo. Esta es la forma más fácil de permitir que lo que podría limitarse a un espejismo se convierta en el comienzo de una reacción. Primero no se detiene el comienzo de una dinámica favorable al rival, en segundo lugar se le da moral.

Ambos peligros, si se les permite manifestarse sin reacción inmediata, culminan con la fase favorable al equipo que perdía y que es más difícil de frenar: aquella en la que la remontada continúa y se torna en una amenaza creíble. En ese momento, el rival ve que la remontada no es un sueño imposible y recarga la moral, tornándose optimista con la fe en la victoria, mientras que nuestros jugadores empezarán a ver venir la catástrofe y les consume el miedo a la derrota, lo cual no hace sino alimentar la situación, aumentando la fe del rival y el miedo de nuestros jugadores. Esto lo vi bastante claramente en la final de la Euroliga que el Olimpiacos remontó al CSKA.

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En cuanto a lo más interesante, que son las decisiones que se presentan al entrenador, la primera y más notable, una en la que más errores se han cometido tradicionalmente, aunque en los últimos años parece haber mejorado y no ser un problema tan frecuente, es la decisión con respecto al ritmo de juego. La idea tradicional era que llegado a ese punto en que la ventaja era apreciable, el mantener un ritmo elevado significaba aumentar el número de posesiones y con ello las oportunidades para recortar distancias del equipo rival. La idea es correcta; pero con gran frecuencia terminaba teniendo como resultado la remontada. ¿Por qué? Porque el ralentizar el juego supone cambiar el estilo de los ataques propios, generalmente reduciendo su dinamismo, el desgaste y tensión que se impone al rival y haciéndose más previsible en cuanto se sabe cuándo llegará el intento de lanzar. Cuando ya se ve cerca al equipo rival, los efectos morales de la remontada ya están en pleno funcionamiento y volver al ritmo que dió la ventaja no es ya tan sencillo, lo que termina de confirmar la remontada.

¿La solución es no cambiar nada? La solución es mantener el estilo de juego que ha dado la diferencia mientras la moral del rival no se haya derrumbado por completo y mantener los cambios dentro de lo necesario para reaccionar a los que el rival introduzca intentando comenzar su remontada. La ralentización del juego debería esperar a que la diferencia sea superior a simplemente superar la cantidad de minutos que restan en el reloj. Esto, no obstante, no ha de hacer al entrenador temeroso de tomar nota de la situación y aprovecharla para hacer cambios de jugadores en cancha. Porque en una situación de comodidad es el momento de aprovechar para proteger a los jugadores importantes del cansancio y de dar a los jóvenes la oportunidad de disputar minutos en el equipo, sabiendo que tienen margen para equivocarse; al fin y al cabo, si se pierden unos pocos puntos de ventaja, la idea de que hemos colocado un quinteto debilitado podría reducir el efecto psicológico del comienzo de la remontada, sin que el rival empiece a creerse capaz de culminarla ni los nuestros empiecen a temer. Aun sin que sean los jóvenes los responsables de ello.

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Además de lo anterior, no deja de ser cierto que una ventaja tan cómoda llevará un grado de relajación consigo, salvo casos especiales de plantillas ultracompetitivas, y eso a su vez implica que probablemente el porcentaje de tiro pueda descender, por lo que se ve razonable el pensar en reducir el ritmo del juego, buscando que una menor aceleración compense la menor concentración de la plantilla, además del hecho de que a menos posesiones, menos oportunidades de anotar los puntos de desventaja. Ni hay que olvidar que en no pocas ocasiones una remontada ha comenzado en un período de correcalles, lo que vuelve el partido loco y empuja a los jugadores a la precipitación, que penaliza más al equipo con menor concentración, que será con mayor probabilidad el que se ve ganador y sin necesidad de darlo todo y no el que va por debajo sintiendo que está en el límite de poder lograr la proeza.

En conclusión, en tales situaciones uno piensa que lo procedente es evitar que los jugadores se dejen llevar en períodos de correcalles y tengan la calma necesaria para no lanzarse a ellos contraatacando, para lo cual ayuda pedir una disminución del ritmo; pero sin olvidar que la anotación va a seguir siendo necesaria para no perder la ventaja, además de la defensa, y que por ello no hay que excederse con la ralentización hasta tal punto que se transforme calma en la construcción del ataque por previsibilidad por exceso de lentitud, tornando un ataque difícil de defender en otro fácil de parar. A su vez, el entrenador debe estar atento a cualquier recorte de la ventaja: bien más de cuatro puntos o cuatro puntos si vienen producto de dos o más defensas o ataques mal hechos, para detener dinámicas adversas antes de que se establezcan en el partido, corregir errores o adaptarse a cambios del rival y para volver a centrar a los jugadores en el partido, haciéndoles ver que aún no está ganado y necesitan seguir esforzándose.




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