Dean Smith: La vida en azul celeste


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La crisis nos enfrenta cara a cara con nuestros defectos, pero ningún destino está desprovisto de esperanza y ninguna situación es irreversible”. En estas palabras de “Beyond Our Selves” de Catherine Marshall, se refugió Dean Smith durante la noche más larga y difícil de su carrera. Corría 1965 y el balance de los tar heels de Carolina del Norte estaba muy por debajo de las expectativas. Aquella tarde su equipo había perdido por veinte puntos contra Wake Forest y al regresar su figura, hecha de cartón piedra y bastante deformada, colgaba, por el cuello, de la rama de un magnolio.

Chapel Hill es un inolvidable lugar lleno de encanto y con un inconfundible sabor a vida salvaje”. Así describía el poeta norteamericano de principios de siglo XX; Tom Wolfe, la vida en esta pequeña villa sede de uno de los programas baloncestísticos universitarios más famosos de la nación. Quizá fuera precisamente ese carácter salvaje, esa pasión incontrolada, la que llevara a los estudiantes de la universidad a sentenciar metafóricamente con la pena capital al joven entrenador, un hombre de poco más de treinta años comprometido con causas tan loables como la erradicación de las armas nucleares y la segregación racial y, al mismo tiempo, profundamente religioso y amante de la disciplina.

Era el peaje a pagar en una sociedad sumamente jerarquizada y clasista en la que la juventud era sinónimo de osadía. De poco le sirvió su experiencia como jugador en Kansas (donde se hizo, además, con el título de 1952), bajo la batuta de Phog Allen, discípulo directo de James Naismith. De menos aún su período como ayudante en el equipo del Ejército del Aire durante su estancia como militar en Europa o sus cuatro años como segundo de Frank Mcguire en la propia Universidad de Carolina del Norte. Sin embargo, su perseverancia, su denodada labor diaria, su firme creencia en el trabajo y el cumplimiento de unas reglas básicas de vida, le llevaron a ganarse el respeto de todo el campus, empezando, claro, por el de sus propios jugadores. Poco a poco los registros de las temporadas iban salpicándose de victorias y en 1967, en su séptimo año como primer entrenador, pudo visitar por primera vez la Final Four universitaria, una competición que visitaría diez veces más a lo largo de su carrera, mérito que adquiere un valor añadido si tenemos en cuenta que hasta 1975 al Torneo Final de la NCAA sólo acudían los campeones de su respectiva conferencia, galardón que se ponía en juego en un único torneo disputado en marzo en el que los tar heels debían medir sus fuerzas contra los prestigiosos programas deportivos de Duke, Wake Forest, North Carolina State, Clemson, Maryland o Virginia.

Pero su palmarés, más que notable, se queda pequeño si lo comparamos con la inmortalidad de su legado. Y es que su herencia está por encima de los resultados porque, para bien o para mal, hablar de Dean Smith es hablar de uno de los padres del baloncesto moderno, de un baloncesto profesional y profesionalizado, repleto de símbolos que anuncian sistemas, de alternativas defensivas, de gestión del reloj y las posesiones. Coach Smith debe ser considerado como un innovador. Él fue el primero que introdujo el ataque de las cuatro esquinas para controlar el balón y “matar” los partidos. Él fue el primero, también, que, al grito de “33”, ordenaba a sus jugadores presionar el balón en toda la cancha en lo que conocemos como “saltar y cambiar”. Él fue el primero en utilizar rotaciones largas de pocos minutos seguidos para cada jugador con la intención de mantener una alta presión defensiva. Él fue el primero en hacer “cambios de balonmano” en las últimas fases del encuentro y el verdadero pionero a la hora de poner el énfasis en eso que ahora llamamos “química de equipo” al forzar encuentros entre sus jugadores fuera del horario académico, exigiendo a los jugadores del banquillo que aplaudieran al jugador sustituido e introduciendo toda una serie de protocolos para conseguir dar forma a un verdadero sentimiento de equipo. También introdujo el uso del vídeo para estudiar a los rivales y fomentó los corrillos entre jugadores en medio de la cancha para poner remedio a situaciones desfavorables que se estaban sucediendo sobre el parqué.

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Por todo ello no es de extrañar que uno de los jugadores más destacados que pasaron por sus filas, Bob McAdoo se desmarcara, en cierta ocasión, con la siguiente declaración: “A veces tengo que pensar tanto que no puedo dedicarme a jugar”. Pero lo cierto es que ver jugar a los chicos de azul celeste era todo un espectáculo. De ahí que en numerosas ciudades reclamaran su visita y de ahí que realizaran giras por todo el país y también en el extranjero . Precisamente en 1971 los chicos de Smith se dieron un paseo navideño por el añorado Torneo del Real Madrid y vencieron en la final al conjunto blanco por 83 a 77. Las crónicas de la época resaltaban el ritmo de juego y la velocidad con la que movían el balón los chicos de Carolina. Los medios locales acuñaron además la expresión “cambios a la americana” para referirse al continuo trasiego de jugadores entre la cancha y el banquillo, algo que no se hizo habitual en España hasta la última década del siglo pasado (gracias en parte a la figura de un tar heel como George Karl al frente del banquillo del Madrid).

Lo cierto es que este baloncesto moderno que tanta tinta hacía correr en las redacciones de los periódicos por todo el país, ya fuera por unos motivos u otros, a veces de enorme peso (enfrentarse en la final a la UCLA de Jabbar en 1968 o a la Indiana de Isiah Thomas en 1981) , era incapaz de proclamarse vencedor en la gran cita del primer lunes de abril. Sin embargo, uno de los quintetos más brillantes de la historia del baloncesto universitario, un último tiro de un chico de Brooklyn apodado entonces como “The Natural” y una pérdida de balón inexplicable del escolta de Georgetown, Fred Brown, se citaron en el tiempo para hacer justicia con la figura de un Dean Smith al que ya se le habían escapado tres finales universitarias. Hablo, por supuesto, del quinteto que componían Jimmy Black en la base, Michael Jordan y James Worthy en las alas y Sam Perkins y Brad Dogherty en la pintura. Y sí, el chico que entonces apodaban “The Natural” no es otro que Michael Jordan, un Michael Jordan que no duda en colocar aquel tiro de cinco metros como uno de los más importantes de su carrera. “Knock it down” le susurró al oído un Dean Smith que poco antes se había dirigido a los chicos afirmando lo siguiente: “Estamos en una posición de privilegio, el destino del partido está en nuestras manos. Moved la pelota y el primero que tenga un tiro cómodo que lo lance”. Y Jordan, simplemente, cumplió órdenes.

Once años más tarde, los tar heels repetirían la hazaña. Nada tenía que ver el equipo de 1993 con aquel mágico de 1982. Todo el juego del equipo giraba en torno a los siete pies de Eric Montross, un jugador de 4,5 puntos y 4,5 rebotes de promedio en su carrera en la NBA al que George Lynch (6,6 puntos y 5 rebotes) suplía en las tareas anotadoras. Pero no estuvo exenta de emoción, tampoco, aquella final que será siempre recordada como la del “no tiempo muerto” (porque a su equipo ya no le quedaban) del genial jugador de Michigan Chris Webber y que le supuso a su equipo el castigo de una técnica decisiva. Quizá aquel campeonato significara de verdad el culmen de la manera “smithniana” de entender el juego, la máxima expresión de la colectividad triunfando sobre la individualidad. A ello hay que añadir que aquel triunfo cortaba una racha de dos victorias consecutivas de la archienemiga Duke con todo lo que ello supone en el marco de una rivalidad mundialmente reconocida.

En 1994, justo en plena resaca de aquel triunfo inesperado, Smith reclutó la mejor hornada de freshmen (novatos) de su carrera. Rasheed Wallace, Jerry Stackhouse y Jeff Mcinnis jugaron minutos de titular dándole la razón (el equipo jugó de manera egoísta y defendio muy mal), sin querer, a un entrenador, el suyo, que el 2 de octubre de 1983 había firmado en el New York Times un artículo defendiendo el papel marginal de los novatos y, por supuesto, su no elegibilidad en el draft de la NBA. Lógicamente, muchos novatos asumieron roles importantes en sus equipos y alguno, como ya hemos visto, le concedió un título en forma de canasta ganadora, pero el mensaje de fondo pretende centrarse en la inmadurez propia de todo chico de 18 años, en las carencias lógicas de un cuerpo aún por hacer y de una mente por amueblar. Coach Smith no concebía éxito mayor que el que sus jugadores se graduasen, que finalizasen sus estudios y completaran su formación. Aquella temporada, a la que Smith definiría más tarde en una entrevista como “la más frustrante de toda su carrera” terminó antes de la cuenta con una derrota inesperada ante Boston College en la segunda ronda del torneo final.

Tres años después, tras finalizar también prematuramente la campaña de 1997 en la que entrenaba a algunos nombres notables como los de Vince Carter o Antawn Jamison, Dean Smith puso fin a su carrera como entrenador con unas declaraciones sorprendentes: “Normalmente, todos los años hacia el mes de agosto me canso de jugar al golf y estoy deseando regresar a la pista. Pero esta vez no me ha ocurrido, así que lo dejo, ya no siento el entusiasmo que esos chicos exigen y necesitan”.

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Y así fue como expresó ante los medios la última decisión de su carrera como entrenador, aquélla a la que ponía fin como el más victorioso de todos, superando al mítico Adolph Rupp de la Universidad de Kentucky (aunque más adelante ha sido superado por Mike Krzyzewsky, Bobby Knight y Jim Boeheim). Una carrera que incluye además el oro olímpico en Montreal, en la redención de la derrota (robo a mano armada en Munich cuando los árbitros hicieron poner en juego cuatro veces el balón a falta de escasos segundos hasta que anotara la URSS) de 1972. Una carrera que bien podría definirse en las 65 victorias en el Torneo Final de la NCAA, en sus 11 visitas a la Final Four, en sus 17 títulos de la Atlantic Coast Conference, en los 50 All America que pasaron por sus manos, los 25 jugadores que fueron elegidos en primera ronda del draft de la NBA, los cinco rookies del año o en el 23 que portó en blanco sobre azul celeste el jugador más grande que ha conocido el juego, un alumno agradecido que igual que pateó traseros en la cancha, siempre tiene palabras de cariño para quien fue su mentor y maestro, el señor Michael Jordan.

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Pero si de números se nutrirá la historia, si a números recurrirán las futuras generaciones a la hora de conocer a Dean Smith, es nuestro deber, como aficionados, apelar al Dean Smith líder, al ser humano que podría recitar de memoria todos los jugadores que entrenó, al maestro que tantos y tan buenos consejos repartió, al científico del baloncesto, a su afán por hacer siempre lo correcto. Porque hablar de Dean Smith es hablar de una rama que se extiende desde los orígenes de este deporte hasta nuestros días, del nexo de enlace entre James Naismith y entrenadores actuales que siempre le estarán en deuda como George Karl, Roy Williams (actualmente head coach en North Carolina) o Larry Brown. Porque hablar de Dean Smith es, en definitiva, hablar de toda una vida consagrada al baloncesto, de toda una vida pintada en azul celeste.

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