Tracy Mcgrady: el hombre que nunca estuvo allí


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Hay personas que tienen el don de estar allí donde se fabrica la historia, en el concreto lugar y en el momento exacto en el que los acontecimientos se suceden. De igual modo, hay talentos medianos que, por circunstancias, multiplican su producción y gozan de un gran reconocimiento. Sin embargo, nuestro protagonista de hoy ni una cosa ni la otra, más bien todo lo contrario. Y es que Tracy Mcgrady aterrizó demasiado joven en una franquicia recién nacida y la abandonó demasiado pronto para embarcarse en un proyecto que dependía de unos tobillos demasiado maltrechos para después unirse a otro en el que todas las esperanzas estaban puestas en un jugador tan alto e inmóvil como una muralla. Después todo fue vagar de aquí para allá sin ningún sentido. Sin ningún pudor.

Pero pongámosle origen, rostro y destino a esta sucesión de avatares desafortunados. Viajemos por un momento a Auburndale, en el estado de Florida, a esa tierra lacustre donde la primavera se hace eterna y por donde los huracanes merodean generando cuando no catástrofes sí al menos temor. Allí pasaría su infancia, junto a su abuela, el joven Tracy, un chico afroamericano de innato talento físico que tendría que esperar a su año senior en la Mount Zion Christian Academy en Durham, Carolina del Norte, para sacar a relucir su catálogo de habilidades sobre una cancha de baloncesto. Sus notables actuaciones le sirvieron para acumular reconocimientos, pero el punto de inflexión de su carrera no sería otro que su participación en un campus organizado por Adidas (marca que le patrocinaría durante toda su carrera) en el que se reunieron los mejores jugadores de instituto del país. Su destacado papel le alejó de repente de la reputada Universidad de Kentucky y le aproximó a la realización de su sueño de infancia: jugar en la NBA.

Arn Tellem, su agente y el de cientos de jugadores hoy en día, le convenció para inscribirse en el draft de 1997, una mediocre promoción de jugadores de la que sólo Tim Duncan (en menor medida también Chauncey Billups) pudo emerger como leyenda. No pudo contener la sonrisa Isiah Thomas, el por entonces director de operaciones de los Toronto Raptors, cuando llegada la novena elección, la que les correspondía por derecho, comprobó que Tracy McGrady aún no había sido escogido.

El aterrizaje en la liga no fue sencillo. Como tampoco lo fue adaptarse al rigor del invierno canadiense o a la soledad de su apartamento en Toronto. En un equipo que consiguió 13 victorias McGrady sólo pudo disputar los minutos de la basura, minutos, claro, que coincidían con marcadores abultados en contra de su equipo. Mientras aprendía el oficio y maduraba física y mentalmente, el joven florideño se encontró, de pronto, calculando los dólares por cientos de miles, cuando no millones, e invirtiendo sus primeros cheques en varios coches e inmuebles que distribuiría entre las personas más influyentes de su aún corta existencia.

La llegada de su primo Vince Carter a los Raptors le ayudó a sentirse más cómodo e integrado dentro del equipo. Pese a ser un novato, el alero procedente de Carolina del Norte, hizo valer sus galones para convertirse enseguida en el líder que necesitaba el vestuario. El jugador más veces comparado con Michael Jordan instó a su primo a ser más agresivo, a trabajar su físico y esforzarse más en defensa. Poco a poco Mcgrady comenzó a mejorar sus estadísticas, aunque los minutos seguían llegando con cuentagotas. No dejaba de ser un chico de 19 años.

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Pero con 20 todo cambió. El fichaje del veterano Antonio Davis para reforzar las posiciones interiores, sumado a la presencia de Charles Oakley o Kevin Willis, dotó al conjunto de un savoir-faire imprescindible en una liga que, al contrario que la película de los hermanos Coen, sí es para viejos. En un papel complementario pero imprescindible McGrady se asentó en la titularidad para promediar más de 15 puntos, 6 rebotes y 3 asistencias por encuentro y, lo que es más importante, conseguir por primera vez en la historia, llevar a los Raptors a unas eliminatorias de playoffs en la que, todo sea dicho, poco pudieron hacer ante los Knicks de Jeff Van Gundy, un entrenador con el que se cruzaría tiempo después. De aquel año, huelga recordarlo, pero por si acaso lo hago, los aficionados no olvidarán el maravilloso concurso de mates que tanto Vince como Tracy nos brindaron desde la Bahía de San Francisco, ante el asombro del respetable y los alaridos de un Andrés Montes en estado de gracia.

No bastaron las plegarias ni las súplicas para retener al joven jugador en el estado de Ontario. Una jugosa oferta de Orlando que suponía, además, la posibilidad de regresar a casa, fue demasiado tentadora. Las malas lenguas dicen que McGrady no estaba dispuesto a asumir un rol secundario a la sombra de Carter (de quien, se supone, sentía celos), pero ese argumento se desmorona con la aceptación, en la rueda de prensa de presentación como Magic, de su subordinación a Grant Hill, el único All Star de la franquicia. La llegada de ambos coincidió en el tiempo con la elección de Mike Miller, un alero tirador de raza blanca que había brillado en los Gators de Florida durante su periplo universitario.

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Sin embargo, cuando Doc Rivers, el entrenador de aquellos Magic, se frotaba las manos imaginándose a ese trío de escoltas-aleros de más de 2 metros de estatura coincidiendo en el perímetro del equipo y castigando cada asignación defensiva con pares de menor entidad, las continuas lesiones de Grant Hill le devolvieron a una realidad más pedestre y, sin duda, amarga. Los tobillos de cristal de la antigua estrella de Duke echaron por tierra todas las declaraciones que aquel verano se habían vertido sobre la excelencia a la que podrían aspirar como pareja de baile estos dos completos jugadores, estas dos estrellas que tanto disfrutaban comandando el ataque de su equipo, haciendo mejores a sus compañeros y honrando con cada acción, a la estética no siempre explícita del baloncesto en su versión más artística.

Por fortuna, McGrady comprendió deprisa que en ausencia de Hill, el destino del equipo reposaba en sus manos. Lo aceptó con la naturalidad que expresa un rostro, el suyo, abatido siempre por el sueño. Un rostro que sus críticos identificaron con indolencia e indiferencia, con una actitud no siempre abierta al trabajo. Compadezco a esos fiscales que tuvieron, por elección o imposición, que ejercer ese rol maligno de perseguidores de un genio como McGrady al que cuatro temporadas en Orlando bastaron para demostrar que podía anotar, rebotear, pasar y hacerlo, además, de manera eficiente. Y es que aun rodeado de la mayor escoria de la liga, de bases honestos como Darrell Armstrong o Jackie Vaughn o interiores de andar por casa como Garrity, Gooden o Hunter, logró dos títulos de anotación y llevar a un equipo de veinte victorias a participar en tres temporadas consecutivas en los playoffs. Y claro, no venció. Sólo no pudo, aunque sólo estuvo a punto de eliminar al mejor récord de la conferencia en 2003, unos Detroit Pistons que un año después ganarían el título y a los que T-Mac maniató hasta el exceso, aunque el exceso no fuera suficiente. Sólo un magistral Tim Duncan le dejó sin un galardón de MVP que hubiera sido merecido y que tal vez iba escondido en el premio a mejor entrenador que obtuvo Rivers en la primavera del año 2000.

Durante aquellos años quedaron anticuadas las viejas comparaciones con Pippen y es que jamás gozó el mítico 33 de los Bulls de tantos y tan variados recursos ofensivos. Pero así como llovían los elogios también se ensanchaba el mito de su carácter perdedor, un mito que envejecería con su carrera y que a muchos servirá para situar un asterisco al lado de su nombre. Más aún porque su llegada a Houston, en el verano de 2004, parecía una buena decisión, una sabia escapada de ese erial florideño que la llegada de Howard empezó a sembrar de flores. Tarde, como siempre, para McGrady.

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En cambio, su pareja interior pasaría a ser un chino de 2,24 con gran capacidad para el pase y un tiro más que decente, un Yao Ming que no estaba preparado para el estrés de una competición como la NBA, un Yao Ming que hubiera disfrutado más, sin duda, en una actividad más pacífica y tranquila como la pesca o la horticultura. Y sí, ésta es una crítica, mía y de nadie más, a la gerencia de los Rockets, un equipo que como el tiempo demostraría, se desenvolvió mejor a raíz de las lesiones de su referente interior. En Houston, aunque cada vez menos pletórico en la parcela física, McGrady también nos dejó unos cuantos highlights a modo de actuaciones heroicas (13 puntos en 35 segundos contra San Antonio) y acciones que no deben faltar en la filmoteca particular de ningún historiador de la liga. Historiadores, por cierto, que con razón afirmarán que aquellas pinceladas no pueden ocultar el verdadero drama, las derrotas contra Dallas y Utah en sendas primeras eliminatorias de playoff, en dos séptimos partidos en los que el talento de T-Mac o no apareció o no fue suficiente.

Y después las lesiones, en la espalda y la rodilla, que cayeron como una losa sobre los hombros de un jugador muy disminuido moralmente, que lloró y lloró tras perder con Utah y al que le acecharon las dudas cuando su equipo protagonizó unos playoffs de ensueño en la primavera de 2009 con él convaleciente. Y más tarde la peregrinación por Knicks, Pistons, Hawks y Spurs. Y con estos últimos la posibilidad de ganar un anillo que ni él ni nadie hubieran considerado como suyo.

Finalmente la retirada. Lejos de los focos que un día atrajo, aliviada, eso sí, por el reconocimiento unánime de sus compañeros y rivales, empezando por su amigo Kobe. Un Kobe que como el resto, se pregunta qué hubiera pasado si McGrady hubiera permanecido unos años más en los Raptors apurando el último aliento de Mark Jackson en la base y formando una demoledora pareja con su primo mientras Oakley y Antonio Davis barrían la zona. O qué hubiera sucedido si Grant Hill no llega a lesionarse. O si espera a la llegada de Howard y forma con él una dupla interior-exterior imparable. O si no está lesionado cuando los Rockets presentan un equipo con firmes credenciales. O si aún le hubiera quedado baloncesto para taponar ese tiro de Ray Allen que sepultó las esperanzas de los Spurs el pasado mes de junio. O sí…

Ahora que toca, por desgracia, volver la mirada y repasar su carrera, sólo podemos afirmar que Tracy McGrady nunca estuvo allí. Allí donde se gestan los éxitos y se conceden citas diarias con la gloria. Allí donde los genios mueren hartos de amar, beber y reír. No hubo justicia poética para este artista, no hubo triunfo en vida y sí muchas deudas históricas contraídas para no ser nunca pagadas. Aun así, o por eso mismo, gracias. Muchas gracias por hacernos vivir el resto de nuestra existencia asediados por una pregunta que es una constante, por una pregunta a la que, aun siendo retórica, nunca podremos asignar una respuesta: ¿Por qué fuiste tan bueno McGrady? ¿Por qué?

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