Una liga sin bigote


Una liga sin bigote

Siempre pasa lo mismo, cuando uno falta es cuando más se le echa de menos. El baloncesto se quedaba sin Sheriff, mientras veíamos como el Madrid mataba, con cinco tiros, a un Barça entre algodones. La final ya es historia y los blancos, de Pablo Laso, pudieron celebrar su triunfo en la cantina.

Es difícil hablar del juego desplegado, ya que en toda la serie dominó el sudor y el tropezón antes que la técnica y la vistosidad. Transiciones olvidadas, contraataques en frasco pequeño y preocupación por destruir antes que crear. Con este tipo de baloncesto se puede llenar alguna vitrina, pero se acaban vaciando pabellones e implicados por la causa del divertimento. Perder el sentido lúdico, en cualquier deporte, acaba haciendo un daño irreparable a la vista y al gozo. A todos nos gusta ganar, siempre y cuando esa victoria no deje un reguero de muertos por aburrimiento. Por eso me alegro de esta liga blanca, me alegro por Pablo, por dibujar otro tipo de baloncesto, ese en el que por correr no te mandan a la silla eléctrica, en el que puedes hacer un tiro de primeras sin que te dispare el entrenador. Un baloncesto con vocación ofensiva e intención de salir a la carrera; un baloncesto para jugadores y aficionados hartos de ver jugar a que el otro no juegue. Jugar sin pensar en la Bolsa, y hacer algo por ti mismo, nunca por lo que haga el de enfrente.

El vitoriano ha cedido el testigo al jugador, a su talento, a su alegría sin que se le caigan los anillos. Los que hablan de su perfil bajo (me troncho) como entrenador, es porque les encanta ser protagonistas sin saber que el foco apunta eternamente a los del pantalón corto. Dame perfiles bajos que hacen grandes a los jugadores y a nuestras pupilas; os regalo los perfiles altos que viven de su apellido mientras practican un baloncesto que no tiene nombre y en el que acabas cerrando los ojos.

Laso ha traído aire fresco a un baloncesto contaminado desde el día en el que el Limoges reinó en Europa jugando a no jugar. Muchos se sumaron, entre ellos el arbitraje, a esta causa perdida para el espectáculo y la diversión. El baloncesto controlado, por los que no juegan, es una pandemia que asola pabellones y aleja aficionados, aunque de lustre al egocéntrico.

En esta liga sin bigote y monárquica (de Reyes), por fin veo luces y otras propuestas; sólo por eso: ¡Gracias Pablo! 

Escrito por Mikel Cuadra (@mikelcuadra)

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