Patrick Ewing can read this


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Tienen los grandes hombres, los grandes de verdad, la cada vez más extraña capacidad de observar el mundo desde el ángulo desde el que lo haría un habitante de Lilliput. Sabiéndose pequeños luchan y perseveran hasta alcanzar sus objetivos y de su boca, antes que un insignificante yo, suele salir un inmenso gracias. Precisamente gracias, thanks, fue la palabra más veces pronunciada por Patrick Aloysius Ewing en su discurso de entrada en el Hall of Fame del baloncesto, uno de los contados santuarios de los que un joven jamaicano de orígenes humildes puede sentirse parte importante sin necesidad de prostituirse moral o socialmente.

No lo olvidemos, la historia de Ewing es una entre cientas pues él, no lo olvidemos, es solo un inmigrante más de los muchos que un día abandonaron su tierra para coger las riendas de su vida. Ni siquiera su precocidad, dejó Jamaica a los once años de edad, le convierten en un ser diferente o especial. Allá, en la isla, compartía casa con sus seis hermanos y malvivía gracias a los ingresos que aportaba su padre. Será el baloncesto, un deporte que no practicaría hasta los doce años, el que le dotaría, años después, de fama mundial. Fue entonces cuando aprendió quién era Bill Russell. Fue entonces cuando dijo “yo quiero ser como él”.

No fue fácil crecer como adolescente en Cambridge, Massachusets. En las afueras de Boston ser negro suponía no poder acceder a determinados barrios y acarreaba la necesidad de agacharse en el interior del autobús del equipo de la escuela para no morir apedreado. Sin embargo, mientras se sucedían los atentados racistas, Pat Ewing iba familiarizándose con los principales fundamentos de un deporte para el que sus cualidades atléticas eran simplemente perfectas. Recursos técnicos como el bloqueo de rebote o el lanzamiento en suspensión eran fácilmente asimilados por el joven jamaicano. Los problemas para Patrick, en cambio, se presentaban en las aulas. Fueron muchos los profesores de apoyo y largos los veranos acudiendo a academias. Patrick debía acudir a la Universidad. Patrick, lo desvelaría el propio jugador más adelante, tenía que cumplir una promesa.

Superados, finalmente, los exámenes de acceso al sistema universitario, la expectación creció a la espera de que el pívot tomara una decisión. La decepción fue notable entre los bostonianos cuando supieron que Ewing abandonaba la zona para erigirse en el héroe de un programa deportivo hecho a la medida de un atleta negro orgulloso de sus orígenes como él. He ahí Georgetown. Hete aquí The Hoya Paranoia.

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A las órdenes de John Thompson, los miembros de esta universidad capitalina, empezaron a sembrar el terror dentro de la competición con una fuerte presión en toda la cancha y un juego extremadamente físico que desde algunas catedrales de nuestro deporte se empezó a tachar de sucio o violento. Pat Ewing, pieza clave dentro del sistema defensivo en cuanto que último hombre de la presión, pagó, en cierto sentido, la novatada. Era habitual ver al pívot jamaicano sentado en el banquillo más tiempo del necesario a costa de faltas absurdas o excesos en el uso de los codos. Impedido, por cuestiones de disciplina interna, para hacer declaraciones hasta el mes de enero de su año freshman, Pat Ewing sería vehementemente defendido por su entrenador con declaraciones como ésta: “Yo he trabajado en un Centro Penitenciario para menores y sé distinguir bien lo que es violencia de lo que no lo es y te puedo decir, por tanto, que Patrick Ewing no es un jugador violento”.

Violentas no, excelsas todo lo más, fueron las cuatro temporadas durante las cuales se extendió el periplo de Ewing en Georgetown. Ni siquiera el infarto que acabó con la vida de su madre en abril de 1983 o la gran decepción que supuso despedir su carrera universitaria con una derrota en la final ante los Wildcats de Vilanova lograron emborronar un período de dominación que no se recordaba en la NCAA desde los tiempos de la UCLA dirigida por John Wooden y con figuras tan influyentes como Lew Alcindor (Kareem Abdul Jabbar), Bill Walton o Gail Goodrich. Fue en esta época, la de la Hoya Paranoia, cuando Ewing empezó a familiarizarse con caras y perfiles que ya jamás le abandonarían. Con Ralph Sampson de la Universidad de Virginia se cruzaría por primera vez en 1982. Ese mismo año, en la final, conocería el que sería su sino décadas después: perder a manos de Michael Jordan y de sus tiros en los últimos segundos. En 1984, en cambio, antes de formar parte del equipo olímpico también junto al propio Michael, se resarció de aquella derrota venciendo en la final del campeonato universitario a su particular Némesis de ahí en adelante, el center nacido en Nigeria Akeem (posteriormente Hakeem) Olajuwon.

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Aquella primavera, la de 1985, supuso el salto al estrellato de nuestro protagonista. Superada la decepción de no poder conseguir un segundo título de la NCAA en la temporada en la que los Hoyas parecían no tener rival, Ewing aparecía en todas las quinielas como candidato indiscutible al número 1 del draft. La lotería dictaminó que fueran los Knicks de Nueva York los primeros en elegir. Los pronósticos se cumplieron y el pívot se trasladó de la capital del país a la capital del mundo para pasar, aunque entonces no lo supiera, los siguientes quince años de su vida. El Madison acogió la noticia con expectación. La lesión en el cartílago de la rodilla derecha de Bernard King dejó huérfana de ídolos a los seguidores de la Gran Manzana. Así, cuando el recuerdo de los títulos del 70 y del 73 empezaba a desvancerse, apareció de pronto un pívot llamado a dominar la liga desde la defensa, al más puro estilo Russell.

Corrían tiempos felices en la liga. Las paredes de las habitaciones de los adolescentes de medio mundo estaban adornadas con fotos de los principales representantes del campeonato. La afición del globo se debatía entre el baloncesto espectacular de los Lakers y el más estoico, pero no por ello menos vistoso, de los Celtics de Boston. En aquella liga de dos sólo los Rockets de Olajuwon parecían oponer resistencia. De ahí que la llegada de Ewing cobrara aún mayor expectación. Lo decía David Stern ya en aquel entonces: “Es más fácil vender el producto NBA cuando los Knicks juegan bien”.

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Y no defraudó. Ewing reboteó, intimidó y le hizo la vida más fácil a los compañeros desde un principio. Demostró, además, una capacidad para anotar que se había mantenido en la sombra durante sus años en la universidad. Ayudó, no cabe duda, el estilo de juego profesional, la menor cantidad de ayudas que reciben los interiores en la mejor liga del mundo. Fue difícil, en cambio, acertar con su pareja de baile. Chocó con Cartwright y se encontró, curiosamente, más cómodo con un intendente como Oakley a su lado. Ya con éste en el equipo, en 1989, vencieron a los Pistons, a la postre campeones, en los tres enfrentamientos de temporada regular. Parecían alejarse las nubes del entorno de Manhattan, pero apareció Michael para que los Bulls acabaran con el sueño de los Knicks gracias a dos monstruosas actuaciones (40 puntos, 15 rebotes, 9 asistencias y 6 robos en el tercer partido y 47 puntos, 11 rebotes, 6 asistencias y 2 tapones en el cuarto y definitivo). Aquél fue el detonante de la salida de Rick Pitino quien quiso imponer un estilo basado en la presión y en lanzamiento de tres en una liga que se gana en media cancha y en las proximidades del aro. Tercer entrenador en la época Ewing y tercera decepción. Ni Stu Jackson ni John Mcleod consiguieron sanar las heridas y hubo de ser Pat Riley, el coach más demandado de la época, quien pusiera algo de cordura en un proyecto que buscó, y encontró, su identidad en la defensa.

Los números de Ewing se estancaron en unos brillantes 24 puntos, 11 rebotes y más de 2 tapones. Sin embargo, mientras que Jordan se iba deshaciendo de los fantasmas con camiseta de los Pistons que le perseguían en todas sus pesadillas, a Ewing, para bien o para mal, siempre se le aparecía el 23 de los Bulls. Para bien en Barcelona, en aquella experiencia que este verano cumplió veinte años. Para mal cada primavera hasta que a Jordan le dio por tomarse un año lejos de las canchas. Era 1994 y aun así los Bulls de Pippen y Kukoc forzaron un séptimo partido en las semifinales de conferencia. A otro séptimo partido se fue la final del Este contra los Pacers de un Reggie Miller especializado en amargar la vida a las personalidades del Madison (Spike Lee principalmente). Y a otro séptimo, también, se fueron las finales contra los Rockets de su viejo conocido Hakeem Olajuwon. A un séptimo porque un triple de John Starks no encontró nada más que agua debido al punteo milagroso del pívot nigeriano cuando el sexto partido expiraba sus últimas décimas. Y en el séptimo no hubo opción. Los Knicks no pudieron transformar el triunfo el esperanzador 3-2 con el que se despidieron de su exigente y fiel afición.

Años más tarde, a las órdenes de Jeff Van Gundy, otras sombras sumieron en la oscuridad la última gran oportunidad de los Knicks para bañarse nuevamente en la fuente de la gloria. Fue durante la temporada del lockout, una temporada que se disputó, entre otras cosas, gracias al firme compromiso de Ewing, presidente del sindicato, para que así fuera. Así, aunque sonó ciertamente hilarante aquello de “estamos luchando por nuestras vidas” cuando en realidad estos jugadores estaban luchando por una nueva residencia junto a la playa, la liga se reanudó y tras una temporada regular de 50 partidos y tras haber finalizado octavos de la conferencia, los Knicks se citaron nuevamente con la épica para medir sus fuerzas con los San Antonio Spurs en las finales de la NBA. Ewing, notablemente mermado por sus doloridas rodillas, completó los peores números hasta la fecha. Sin embargo, en los partidos calientes, sus compañeros siempre solían ponerse en sus manos. David Robinson y un joven Tim Duncan gobernaron ambas zonas para que Avery Johnson, el “Pequeño General” sentenciara la serie con una suspensión desde la esquina que marcaría el inicio de una larga travesía para la franquicia de Nueva York. Una travesía marcada por la sucesión de técnicos, estrellas fraudulentas y ausencia de proyecto. Un viaje que empieza el año 2000 cuando Pat Ewing abandona la nave para alargar innecesariamente su carrera en Seattle y Orlando.

Después, aunque ni él mismo hubiera apostado por ello, Patrick Ewing empezó a circular por los banquillos de media liga para empaparse de los secretos de la profesión de entrenador. Quizá algún día, al mando de un equipo, el pívot jamaicano, eterno número 33 de los New York Knicks, pueda conseguir el anillo que Jordan, Olajuwon, Duncan, o quizá el destino, le negaron como jugador.

En cualquier caso, y más allá de anillos o reconocimientos individuales, Patrick Ewing puede presumir orgulloso de una exitosa carrera. Venció a las estructuras sociales. Superó las barreras racistas y se convirtió en el ídolo de una afición, la de los Knicks, eminentemente blanca (y de clase alta). Y lo que es más, se sobrepuso a las dificultades de aprendizaje para graduarse en Bellas Artes cumpliendo así la promesa que un día le hizo a su madre. A los gritos de “Ewing can´t read” o a la malintencionada pancarta con el lema “Ewing kant read dis” podemos decir que Ewing, sin duda, “can read this”. Es más, seguro que lo podría haber escrito mejor. Pero claro, a los grandes, a los grandes de verdad, no les gusta hablar de sí mismos. Sólo dar las gracias.

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