SA SPURS 104 – MIAMI HEAT 87. DOLOR, JUSTICIA, AGRADECIMIENTO.


 

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Permítanme que empiece por el final. Por los abrazos emocionados entre los miembros de los Spurs, por esos otros mezcla de reconocimiento y de resignación que les dedicaron los jugadores de Miami. Reconozco que me tiemblan los dedos al hacer un ejercicio de empatía e imaginarme el carrusel de emociones que debió de recorrer el cuerpo de Duncan, Ginobili, Parker o Popovich mientras repasaban mentalmente sus carreras tras darse cuenta de que lo habían hecho otra vez. Una más.

Estoy seguro de que Bill Russell le contaba a Popovich que le hubiera encantado jugar para él porque había reconocido en estos Spurs la química de equipo que él y sus compañeros construyeron en la década de los sesenta a lo que Popovich sólo pudo responderle: ¡ey!, mira a ese tipo con el 21 a la espalda, no lo cambio por nadie”. No sabemos si Duncan ha decidido ya su futuro, pero, por si acaso, cuánto le echaremos de menos.

Empiezo por el final porque el partido duró un cuarto, lo que tardó San Antonio en percatarse de que estaban a cuarenta y ocho minutos de reinar sobre la competición. El inicio fulgurante de los Heat y Lebron fue sofocado por el temple de Ginobili, el despliegue de facultades de Kawhi Leonard y, finalmente, por la circulación de balón y el acierto exterior de todos los Spurs, pero particulamente de Patty Mills. Fue decisivo, no obstante, el ejercicio de defensa y rebote del que no hemos hablado lo suficiente a lo largo de la serie, pero que ha sido determinante para dominar el ritmo de los partidos y desactivar las armas ofensivas de Miami.

Y de ahí el mérito de Popovich tras un año que le consolida en esa privilegiada terna de entrenadores junto a Phil Jackson y Red Auerbach (lo siento por Riley, pero no me convence). Después de casi veinte años los Spurs siguen enseñando la faceta defensiva derivada de su formación militar y, además, han incorporado una maravillosa circulación de balón fruto de su humildad para estudiar lo que se viene haciendo en Europa durante años. Aun así ya no es posible calificar de europeo el baloncesto de los Spurs. Se trata de una evolución superior, de un nuevo eslabón en la escalera que conduce a la perfección en el baloncesto.

Qué difícil es ganar, ganar, ganar y volver a ganar. Cuánto cuesta alimentar otra vez los tanques de la ambición y regenerar la capacidad para hacer sacrificios. Hay quienes buscan en el éxito el sentido del dolor, pero el éxito de los Spurs ha sido, precisamente, encontrar en el dolor su propio sentido. Y aunque pueda parecer lo mismo, es muy distinto. Ayudaron, es verdad, la savia nueva aportada por Green, Mills, Diaw, Splitter y, sobre todo, Leonard y, también, cómo no, el ánimo de revancha que, en este caso, y así lo entenderán la mayor parte de los aficionados, lo fue también de justicia.

Enhorabuena a los campeones. La salud del baloncesto mejora cada vez que una propuesta de este tipo recoge los frutos a final de año. Ahora los niños ya no sueñan con meter una canasta tras otra, sino con poder formar parte, algún día, de un equipo como éste. Gracias San Antonio. Hasta la próxima. 

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