Scottie Pippen: La crónica de un delirio


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En Hamburg, Arkansas, la vida cesa a eso de las seis de la tarde. Si es que se puede llamar vida a la sucesión de desayuno, trabajo, comida, trabajo y cena en la que se adentran, sin posibilidad de elección, sus honestos habitantes. Misa los domingos y sexo, con la luz apagada, dos veces por semana, son todos los excesos que un miembro de esta comunidad rural puede permitirse. Y es que en este apartado lugar en el que el mar es una simple postal, lo sueños no son sueños, son delirios.

Más aún si eres el duodécimo hermano de una familia numerosa, el hijo de un afanado empleado de una industria papelera y una honrada ama del hogar. En Hamburg, Arkansas, Dios se olvidó de colocar una catapulta hacia el éxito. Donde el peso de lo cotidiano se impone no hay lugar para la promoción. Rara vez para las sonrisas.

Ronnie Martin y Scottie Pippen acostumbraban a saltarse esa ley no escrita, ese toque de queda no oficial que daba por clausurado los días a media tarde. Sus uno contra uno se prolongaban hasta la noche, hasta que al viejo señor Garber, el viudo de la Calle Lincoln, se le agotaba la paciencia. Finalizado el entrenamiento, en el trayecto de regreso a casa, se conjuraban una y otra vez, se decían y repetían para nunca olvidarse, supongo, que uno de ellos, al menos uno, jugaría algún día en la NBA.

Todo hacía indicar que sería Ronnie, más alto y fuerte. Y es que por entonces, en el verano anterior a su último año de instituto, Scottie apenas medía 1,80. Ni siquiera superaba la estatura de su madre y claro, las oportunidades para ser visto por una gran universidad se estaban agotando. Al finalizar su periplo en el instituto, compartiendo titularidad en el puesto de base con un jugador un año menor que él, se hizo el silencio. No había becas reservadas para bases de 1,80. Menos aún si éstos no habían podido demostrar su habilidad en los mejores campeonatos del país.

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Don Dyer, mentor de Pippen en el instituto, intercedió por él y logró que le becaran para actuar como ayudante del entrenador en la modesta universidad de Central Arkansas. Se dedicaría a anotar estadísticas y hacer de todo durante las sesiones. Así, al menos, cubriría los gastos académicos y podría alejarse del ambiente mortecino de Hamburg. Semanas antes de que comenzara la competición, varios jugadores renunciaron a su plaza y Scottie empezó a formar parte activa de las sesiones. Se iniciaba así un período de cuatro años de continuo crecimiento. Sí, crecimiento es la palabra exacta.

Scottie Pippen pasó del 1,80 al 2,01 en apenas cuatro veranos sin que ello mermara su coordinación. Podía hacer lo que hacía cualquier base, defender a cualquier jugador del equipo rival y rebotear como cualquier hombre grande. Sin embargo, en un modesto centro que ni siquiera destacaba dentro de la NAIA (National Association of Intercollegiate Athletics), con el que nunca pudo acudir, siquiera, al torneo final, su futuro en la NBA seguía siendo gris.

Para su fortuna un equipo había seguido sus pasos. Un ojeador se había quedado prendado de su omnipresencia y habilidad para sumar en cualquier aspecto del juego. Era Bill McKinney, director de scouting de los Chicago Bulls. De pronto, una mañana, en el buzón de correo de los Pippen, entre montones de polvo y la nada, apareció una carta, una invitación para viajar a Honolulu y participar en una serie de entrenamientos preparados “ex profeso” para testar a los futuros jugadores de la liga. Allí, en el mismo paraíso, Pippen deslumbró en todas las sesiones, también en los partidos y, además, en el concurso de mates. Donde había dudas, puso él certezas. Le bastó la simple fórmula que luego le acompañaría el resto de su carrera: Trabajar más duro que los demás.

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En la noche del draft, un 22 de junio de 1987, los Bulls, con dos elecciones en primera ronda (la octava y la undécima) tuvieron que maniobrar con firmeza para evitar que los Kings, con la sexta, se hicieran con los servicios de Scottie. “With the fifht pick the Seattle Supersonics select Scottie Pippen, from Central Arkansas” anunció el siempre sonriente David Stern. Perfecto. Polynice al estado de Washington y Pippen a crecer, seguir creciendo, a las órdenes de Doug Collins. Bueno, en fin, ya saben, bajo la custodia de Michael Jordan.

Custodia no siempre amable. Los compañeros se reían y compadecían del pobre Scottie antes del primer cinco contra cinco de la pretemporada. “No meterás una canasta”, le decían. Y así fue. Guardaba la costumbre, Jordan, de emparejarse con los nuevos fichajes del equipo, de hacerles notar su aliento desde el primer día para que fueran aclimatándose al ambiente de trabajo de los Bulls. Aun así, la presencia de Michael en el equipo fue muy favorable para Scottie en los primeros años, años convulsos en lo personal, con su padre en una silla de ruedas tras un trombo, con la espalda pidiendo a gritos una operación y con un hijo fruto de una vieja relación ya rota. Pippen podía resolver estos asuntos y seguir centrándose en su juego gracias a que Michael acaparaba todos los focos, las portadas, los titulares, las peticiones de autógrafos y también las de matrimonio.

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Pero también le tocó a él responder en persona. Las afiladas dagas de los críticos apuntaban a su inexperiencia y a una falta de compromiso con el equipo cuando las eliminatorias de playoffs alcanzaban su punto culminante. En años sucesivos, en el partido decisivo de la serie contra los Pistons, Pippen falló. Es más, ni siquiera compareció. Un codazo de Laimbeer en 1989 y un ataque de migrañas en 1990 fueron las causas. Dos argumentos de peso para cualquier mortal. No, en cambio, para el llamado a acompañar a Michael Jordan en la batalla.

Fue una primavera dura la de 1990. La muerte de su padre, la derrota contra los Pistons y las acusaciones de maltrato de su segunda esposa condujeron a Scottie a un período de reflexión. Un período del que regresó más fuerte. Nuevos hábitos alimenticios y rutinas de entrenamiento le ayudaron a perfilar un físico escultórico. Un renovado método de afrontar los contratiempos le impulsó para dar el salto de calidad definitivo, el que necesitaban los Bulls para vencer a los Pistons y a cuantos rivales se pusieran enfrente durante la temporada que estaba a punto de comenzar.

Y lo que comenzó no fue sólo una temporada. Fue un maravilloso ciclo de tres años en el que los Bulls fueron enterrando los restos de equipos históricos (Pistons y Lakers) y curando, a base de grandes dosis de realismo, los escarceos de los nuevos aspirantes (Cavaliers, Knicks, Blazers y Suns). Al amparo táctico del triángulo ofensivo de Tex Winter, con la unidad generada en torno al maestro Phil Jackson, gracias a actuaciones memorables de Jordan y a otras más silenciosas del propio Pippen, pero también y, sobre todo, de la mano de una insuperable defensa, los Bulls consiguieron tres anillos consecutivos. No sin la colaboración de Paxson, Cartwright, Wennington, BJ Armstrong o el mejor de todos los secundarios, Horace Grant.

Ni siquiera la sombra acechante del amor excesivo de Jordan al juego pudo afectar a la estabilidad emocional del equipo (amaneció en Atlantic City la mañana del segundo partido de la serie contra Nueva York). Tampoco los palos de unos Knicks acomplejados liderados por el otrora cabecilla del showtime, Pat Riley. Ni Barkley. Ni Drexler. Menos aún Daugherty o Nance. “Sólo los Bulls pueden vencer a los Bulls” era el mantra de aquella época. Nada más cierto.

Sólo un convulso verano, el de 1993, puso fin, temporalmente, a la historia. La muerte del padre de Jordan y las críticas de Pippen a la directiva por priorizar la adquisición de Kukoc sobre la renovación de su contrato empezaron a afectar a la estabilidad del colectivo. No se equivoquen, no hay nada de egoísta en esta reclamación. Más aún si tenemos en cuenta que Pippen había contribuido al éxito de los Bulls cobrando menos de tres millones por temporada, cumpliendo un contrato de rookie que entonces podía prolongarse hasta siete años.

Sin embargo, la ausencia de Jordan puso en entredicho la capacidad de liderazgo de Pippen. En la 93-94 los Bulls firmaron una notable temporada regular para, finalmente, caer eliminados por los Knicks en las semifinales de conferencia. Precisamente en esta ronda, en el tercer partido de la serie, cuando apenas restaban 1,8 segundos, con el partido empatado y bola para los Bulls, Scottie Pippen firmó la peor actuación de su carrera, la más deshonrosa. Phil Jackson dibujó una jugada para Kukoc y Pippen se negó a saltar al parqué. Se sentó al fondo del banquillo y esperó paciente a que el partido terminara. Ni siquiera las plegarias de sus compañeros durante un segundo tiempo muerto solicitado por Jackson, consiguieron hacerle recapacitar. Pippen no pisó la pista. Kukoc anotó la canasta. Victoria para los Bulls. Tachón imborrable para Scottie, para el Scottie de los malos días, el de los tiempos oscuros, el que tiende a salir, según palabras de Phil Jackson, tres días al año: “Durante 362 días es el mejor tipo que te puedas encontrar. Eso sí, en esos dos o tres días en los que algo no va bien en su interior, puedes esperarte lo peor”.

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Pese a ganar el cuarto partido, ya con Pippen en la pista, los Bulls no pudieron hacer nada ante unos Knicks que pudieron al fin cobrarse el precio de tantas afrentas. La fórmula del uno para todos y todos para uno no funcionó. No sin Michael ejerciendo de todo dentro y fuera de la pista. Fue en ese momento cuando se empezaron a escuchar cánticos de traspaso. Cerca, a juzgar por el revuelo que se instaló en los medios, estuvo Pippen de jugar para el equipo que le había drafteado años antes, los Seattle Supersonics. Lo cierto es que el traspaso del alero de los Bulls por Shawn Kemp y Ricky Pierce se truncó. Nunca sabremos cuál habría sido el futuro de unos y otros en roles distintos, en ambientes y climas también diferentes.

Poco mejoraron las cosas en la 94-95. Poco hasta que en primavera se empezó a ver al número 23, entonces con el 45, haciendo sesiones individuales en las instalaciones de los Bulls. Aprovechaba, simplemente, la huelga en las ligas de béisbol para mantenerse en forma. Mentira. Había captado el mensaje y se disponía a convertir a un equipo que navegaba con problemas en torno al cincuenta por ciento de victorias, en la vieja trituradora de rivales. Hubo partidos memorables, pero el estrépito con que cedieron su trono ante los Magic de O´Neal y Hardaway anunciaba un verano movido en el estado de Illinnois. Sin embargo, el mayor movimiento, más allá de la decisiva adquisición de Rodman, fue el de las pesas al compás de los brazos y las piernas de Michael Jordan. Su reformulación física y mental para adaptarse a un nuevo tiempo y a una nueva edad pasaba por ser, simplemente, una necesidad.

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Lo cierto es que el equipo que inició la temporada 1995-1996 era notablemente diferente del que comenzara, años antes, la 1990-1991. Ron Harper hacía ahora las veces de base tirador, ese jugador que no destaca en nada a cambio de no cometer errores y meter tiros importantes, ese cono de incalculable valor que una vez fue Paxson y que más tarde representaría Derek Fisher en los esquemas de Phil Jackson. El cuatro era ahora un animal reboteador, un ser insaciable, pero polémico, una personalidad arrolladora que conocía el significado de la victoria, Dennis Rodman. En el cinco se repartían los minutos Longley y algún otro blanco no demasiado molesto para el quehacer de Pippen, Jordan y, también, del sexto hombre Toni Kukoc. Ya en esa primera temporada completa después del regreso se disiparon las dudas. El registro de 72 victorias y 10 derrotas no sorprende. Los Bulls sólo perdían cuando Jordan lanzaba demasiado o cuando Steve Kerr, un tirador letal, lo hacía demasiado poco. Sin embargo, lo habitual fue el equilibrio, la armonía perfectamente comandada por un Scottie Pippen que cada vez ejercía más como Point Forward, esa manía que tienen los aleros de dejar sin trabajo a los bases.

Si aquellos Bulls, y Pippen, dominaron la liga en una faceta, ésta fue, sin lugar a dudas, la defensa. La versatilidad de unos y otros, la capacidad para subir y bajar líneas a discreción de Phil Jackson, el uso de manos de Michael y Scottie, la dureza de Rodman y un sinfín de razones más lo acreditan. Diez veces estuvo nominado Scottie entre los dos primeros quintetos defensivos de la liga y no sin argumentos. Gozaba de la biomecánica perfecta y, sobre todo, nació con el instinto asesino que es necesario. Cuando en la sesión de preparación del partido el entrenador decía, señalando sobre la pantalla, “éste es su mejor jugador”, Pippen inmediatamente se levantaba y afirmaba “pues yo le defenderé”. Y aunque no siempre fue así, porque Jordan y Harper también gozaban de enormes cualidades en esta mitad de la cancha, Scottie siempre deseó que así fuera.

Pero volvamos al segundo trienio de triunfos de aquellos Bulls, quizá aún más demoledor que el primero. Detengámonos en la finalización del quinto, un anillo sudado a conciencia por Michael y también, por el camarada Pippen. Y es que el destino iba poniendo trabas, parecía querer decirles que ya era suficiente, que Stockton y Malone también merecían uno. Es histórico el partido que Michael jugó enfermo, asusta ver cómo se sobrepuso a la enfermedad. También el triple decisivo de Steve Kerr en el sexto cuando el 23 le pidió que estuviera preparado. Sin embargo, Phil Jackson, astuto negociador, terminó aquella final anunciando un año de retiro en Montana. Pippen también se planteaba su futuro, pero nada más lejos de la realidad. Aquellos Bulls se reunirían una vez más, ésta vez sí, la última, para rendirle un nuevo tributo al baloncesto y extender su legado por encima del que dejaron los Lakers en los ochenta, hasta a un sexto anillo que los elevó a niveles que sólo los Celtics, en una competición muy diferente, habían conocido allá por los años sesenta.Scottie Pippen Pregame Portrait

Seis y no más. Los jugadores aprovecharon la huelga del sindicato en julio del 98 para asegurarse su futuro. Phil Jackson se retiró a sus aposentos en los altos de Montana y Jordan, esta vez sí, dejó la franquicia, que no el baloncesto, para siempre. Pippen, renovado por la ambición de vencer sin la sombra de Michael se embarcó en un proyecto que parecía ganador. En los Rockets de Barkley y Olajuwon.

Pero sobrevinieron los fracasos. Tanto en Houston como, a partir del año siguiente, en Portland. Muy diferentes en su concepción, eso sí. Al lado de Barkley y Olajuwon, Pippen se sintió decepcionado por la ética de trabajo del primero y éste, incansable en la plática, le invitó a salir del equipo para perder, porque perder era lo único que podía hacer sin Michael. Y Pippen habló del gordo cuando éste le exigió disculpas. “¿Disculpas? ¿Por qué? Disculpas nos debe él por llegar al training camp con ese culo tan gordo”.

En Portland, por suerte, todo fue distinto. Todo menos el resultado final. Jugando junto a algunas de las estrellas más rutilantes del panorama NBA del momento (Rasheed Wallace, Damon Stoudamire, Steve Smith, Arvydas Sabonis, Jermaine O´Neal,…) sólo unos pocos minutos del séptimo partido de la final de la Conferencia Oeste del año 2000 les sobraron (aquéllos en los que los Lakers les endosaron un 15-0 de parcial) para hacerse con un título que se le resiste a los Blazers desde 1977. En Portland, rozando los 20 millones de dólares al año, sus números empezaron a resentirse. No se podía confiar en él para los últimos minutos. No era el líder deseado. Y empezó a llover como sólo acostumbra en esta región del país abierta a los vientos oceánicos. Llovieron insultos, tiros, escándalos. Y cuando la llama de Portland se acabó, cuando el vaticinio de Barkley y tantos otros se vio cumplido, sólo quedó regresar a Chicago, su verdadero hogar, donde se hicieron reales los sueños concebidos en Hamburg. Donde conoció y fue partícipe del éxito.

Éxito del que Pippen será, para siempre, por muchas décadas que pasen y héroes encumbren los medios, parte indivisible. Porque si Pippen no logró nunca un anillo sin Jordan, éste, su Majestad, ni siquiera consiguió pasar una ronda de playoff sin Pippen. E igual que no he sido capaz de elaborar este artículo sin citar a Michael en numerosas ocasiones, tampoco un artículo sobre éste podría obviar el nombre, la figura, el rostro alargado y de rasgos afilados, así como la dedicación absoluta al baloncesto, y sobre todo a la victoria, de Scottie. Scottie Pippen, el ingenuo y delirante chico de Hamburg.



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