Los árbitros, un factor más del juego


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Viendo la final de la Euroliga y los “gritos” de robo, se me ocurrió que no vendrá mal un pequeño artículo sobre el asunto del arbitraje. Podría ser un artículo sobre cómo las expectativas y los deseos intervienen en la interpretación de las señales nerviosas desde que se excitan las células de la retina y se elabora la imagen que se nos hace consciente; pero eso es más una cuestión de la fisiología de la visión más que de baloncesto. De lo que se trata aquí es de baloncesto y desde el punto de vista de quien trata de ponerse en la piel de un entrenador es como lo voy a tratar. 

No se trata de hablar de ese partido, que no sería más que un ejemplo de entre muchos, sino de algunas situaciones en que el criterio arbitral cambia y lo que el equipo puede hacer al respecto. Cuando se producen desequilibrios en el arbitraje los aficionados del equipo perdedor van a hablar invariablemente de robo, tal vez también muchos neutrales; pero no es así. Si uno revisa los partidos que ha visto durante su vida y cuándo suceden tales desequilibrios del arbitraje, se da cuenta de que se trata de algo que se repite de una manera consistente. Dadas determinadas circunstancias del partido, uno puede predecir que el arbitraje se va a desequilibrar. Eso significa que no se trata de un acto voluntario de los árbitros, sino de algún proceso psicológico que afecta a todos. Y también que es algo con lo que los equipos pueden trabajar. Si se tratara de robos, sería algo que no podría predecirse dados ciertos hechos en el juego sino que sería predecible antes de los partidos y no cumpliría con ciertas relaciones causales con eventos del juego. 

Es evidente que uno de los factores que influyen sobre los árbitros es el público. Ellos también sienten su presión. Es inevitable que el hombre no encuentre placenteras situaciones en que es objeto de la hostilidad de otros, cuanto mayor sea la mostrada por el público mayor será la tendencia instintiva a huir de provocarla más y eso no sólo puede debilitar la voluntad de pitar algo en contra de ese público, sino que esa tensión también llevará a que, por lo dicho al inicio del artículo, su cerebro esté más dispuesto a ver lo que va a agradar a ese público que a lo que despierte su ira, sin necesidad de quererlo va a buscar la gratificación de que desaparezca la hostilidad que le pudiera rodear. Esta influencia es probablemente sobre la que un equipo tiene menos que hacer; pero no está absolutamente inerme para luchar a favor o en contra. 

Un caso en que se produce la disparidad de criterios casi siempre que sucede son los desequilibrios de faltas pitadas. Me refiero a los casos en que tal desequilibrio inicial está perfectamente justificado. Un equipo defiende impecablemente y comete nueve faltas en la primera mitad, mientras que su rival defiende peor y comete veinte. Uno de los entrenadores les va a llamar la atención sobre eso a los árbitros, como si hubiese alguna regla por la que hubiera que pitar tantas faltas a un equipo como a otro, si el que ha cometido más es el local, se añadirá el público. Casi siempre, por no decir siempre, sucede que a la vuelta del descanso los árbitros vuelven con la obsesión de que, efectivamente, no puede ser real esa diferencia de faltas, que han tenido que hacer algo mal, que han perjudicado a un equipo. A partir de ese punto empiezan a compensar, relajan el criterio para pitar faltas al que había cometido más y empiezan a ser más estrictos de lo normal con el otro. Generalmente esa disparidad de criterio suele desaparecer una vez que la cantidad de faltas se iguala, entonces vuelven a bajar el listón de los unos y subir el de los otros, a un nivel en que no vuelven a pitar muchas más a uno de los equipos. Por esto los entrenadores necesitan estar atentos respecto a cuántas faltas están pitando a cada equipo y saber que si han pitado muchas más a su rival se avecinan minutos difíciles con el arbitraje; igualmente si es su equipo el que comete más, debe estar dispuesto a aprovecharlo y administrarlo. 

El de la final de Euroliga es una variante de lo anterior, se trata de la versión preventiva. Uno de los equipos impone un nivel de contacto muy elevado que debería llevar a un desequilibrio de faltas, los árbitros lo sienten pronto y rápidamente les entra el gusanillo de que hay que evitarlo, así que, aun sin darse cuenta, empiezan a permitirle ese contacto, pero esa permisividad no la trasladan al otro, porque de esa forma no se evitaría el desequilibrio. Un jugador dijo “al defender hay que hacer cuatro faltas, porque los árbitros sólo pueden pitar una”, es una consecuencia de esto; los árbitros se ven superados por las dudas de que pitar tantas faltas a un equipo no puede ser un signo de hacerlo bien. 

Los aficionados se sentirán tentados de gritar “robo” pero el entrenador no puede resignarse a ello y quedarse mirando, porque no está indefenso contra ello. Puede trabajar para crear esas situaciones a su favor o compensarlas cuando están en contra. 

El primer paso para poder maniobrar con el arbitraje de manera eficiente es conocer a los árbitros. Saber quiénes son más dialogantes, más dados a bajar el listón de su arbitraje, sus reacciones habituales ante cada circunstancia. Recordemos el último partido de cuartos de Euroliga en Vitoria, recuerden a los comentaristas informando de que el árbitro principal era uno que no admitía protestas ni que se le hablara mucho y cómo el insistir en las protestas sólo lo empujaría a ser aún más hostil al equipo; recuerden también el tiempo muerto de Messina, en el que advertía a sus jugadores de que en esos momentos el árbitro estaba con una actitud que les favorecía, hostil al Baskonia como reacción a sus constantes protestas y que podrían alargar ese estado si “les ayudáis”, es decir, evitando protestar, aceptando sus decisiones de manera inmediata, para que siga sintiéndose molesto con las protestas del Baskonia y muy a gusto con los jugadores del CSKA. Si se deja llevar por la ira, evitad provocarla y que sigan atrayéndosela los rivales. 

Ya he mencionado el caso en que el rival comete muchas menos faltas, el entrenador deberá llamar la atención sobre ese hecho a los árbitros, quejándose por ello, para inculcarles el miedo a estar siendo parciales y querer compensarlo. Si se trata del equipo local, tendrá que hacerlo con gestos claros para el público, que se dé cuenta del hecho y reaccione, añadiendo su presión a la del entrenador. Suele ser más efectivo cuando se hace antes de un período de descanso. Si uno es el entrenador contrario, deberá contar con que tras el siguiente descanso el criterio arbitral variará y tratará de compensar de la manera ya descrita y actuar en consecuencia. Tratar de convencer a los árbitros de que fueron justos es algo que probablemente no funcione bien, ya que a lo que se enfrenta es a una reacción emocional, no racional; veo dos cosas que puede hacer, una es elevar el nivel de contacto de su equipo, igualar las faltas rápidamente de una manera que haga la anotación del rival especialmente difícil, lo cual tiene un riesgo que ya se verá, otra es poner en pista jugadores prescindibles con la misión de ser los más agresivos para atraerse el exceso de faltas que le van a ser pitadas a su equipo.

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Si uno quiere una defensa muy física, con alto nivel de contacto, lo que hace habitualmente es una guerra de voluntades con los árbitros. Esto es algo que el lector recordará de las retransmisiones de los partidos del Bilbao, sobre todo de la temporada pasada, en que lo decían con frecuencia. Recuerden esos comienzos en que el Bilbao se cargaba de faltas, muchas veces sacando de inicio a jugadores que suelen ser suplentes o que son considerados como jugadores de banquillo. Recordarán oír hablar de que en esos primeros minutos el equipo de Katzikaris intentaba establecer el nivel del arbitraje. Esto está en parte relacionado con la cita de unos párrafos más arriba y aprovecha el miedo de los árbitros a pitar muchas más faltas a un equipo que a otro. Se pide a los jugadores un determinado nivel de contacto, más elevado que el habitual al comienzo del partido. Al principio, los árbitros pitarán las faltas y entonces es el momento en que se establece el pulso entre árbitro y entrenador: inicialmente se cargará su equipo de faltas y el entrenador puede sentir la tentación de reducir mucho el nivel de contacto; pero si es duro y sus jugadores saben resistir, empezará a pesar el miedo del árbitro a cargarse el partido y verá cómo, tal vez a cambio de sólo un leve descenso en la dureza, relajan el criterio de faltas para su equipo, que podrá defender con mayor contacto del habitual sin ser proporcionalmente castigado con más faltas, aprovechando la unión del miedo y el no poder pitar todas, mientras que al rival le mantendrán el rigor inicial. 

Supongo que reconocerán esa situación. Leí a algún aficionado asumir que no hay nada que hacer ante algo así. Obviamente esa afirmación es falsa. Hay dos vías de acción cuando uno se encuentra con una situación así en su contra, vías que pueden hacerse simultáneamente. Lo primero es darse cuenta de que si se trata de la reacción arbitral habitual combina el no atreverse a pitar muchas más faltas a un equipo con no querer dejar sin jugadores a ningún equipo. Así pues, la variación de arbitraje del otro equipo será aplicada también al propio si uno sigue el ejemplo y la disparidad de criterio se mantendrá si uno mantiene la disparidad de contacto. Es decir, la primera medida es aumentar el nivel físico y de contacto de la propia defensa, no se cargará uno de faltas, sino que obtendrá que el árbitro también le aplique a uno ese nuevo criterio benévolo para pitar las faltas y podrá ponerle al rival tan difícil el anotar como se lo está poniendo a uno. Porque el problema es el miedo a eliminar demasiados jugadores de un equipo, si el otro también eleva el uso de contacto físico también se le aplicará la variación. 

Esa primera reacción puede tener un problema: el de que el rival se desenvuelva mucho mejor en un juego físico, ya que esa vía lleva hacia ese extremo el estilo de juego que será permitido por los árbitros. En el caso de considerar que en una continuación de juego muy físico se estará en desventaja, hay otra manera de tratar de influir sobre el arbitraje y buscar un restablecimiento de su nivel habitual: la técnica. Un recurso más efectivo si se juega en casa, ya que es una de las maneras de activar la presión del público a favor del propio equipo. Una técnica, por su naturaleza de falta especial y de que una segunda supondría la expulsión del entrenador, tiene un efecto en el árbitro equivalente al de pitar muchas más faltas, además de amplificar la presión de las protestas del entrenador, significa unos minutos de impulso compensatorio, que en casa es reforzado por la presión del público, cuyo efecto será volver a aumentar el rigor del arbitraje para con el equipo rival, si se logra activar ese efecto durante el tiempo suficiente puede significar la reducción del contacto ejercido por el rival, ya que percibirá que el usado hasta entonces ha dejado de ser permitido y que si persiste en ello se encontrará con problemas de faltas que pueden ser demasiado serios para sus opciones de victoria. 

Pedir una técnica es la manera más fuerte para hacer que el público presione a los árbitros, pero también se puede, si la situación no es tal que sea necesario recurrir a la técnica, la protesta a los árbitros con gestos evidentes para que los vea el público, también vale la mera petición al público para que anime al equipo, ya sólo eso supone una forma de presión sobre los árbitros. La técnica además también sirve para inflamar el ánimo de los jugadores para que se dejen la piel sobre el campo, si su intensidad era algún tipo de problema. 

No he mencionado el mero hecho de trabajarse a los árbitros con un diálogo constante; eso es algo que interesa hacer desde el principio como norma. Siempre y cuando, claro está, que se sepa que el árbitro sea del tipo dialogante y no del que no admite ni una palabra. Así lo hacen Obradovic y Blatt, por mencionar sólo dos de los más grandes entrenadores europeos. Naturalmente, esta parte del manejo de los árbitros también incluye dar instrucciones precisas a los jugadores sobre cómo interactuar con ellos, dejar las protestas al entrenador, protestar más o menos, aceptar cualquier decisión arbitral sin rechistar… 

He enumerado algunas situaciones en que el arbitraje toma un papel importante, tal vez decisivo, en los partidos de baloncesto y algunas maneras de influir sobre él. No les quepa duda de que habría más que decir sobre ello, más situaciones, más maneras de influir (por ejemplo, las ruedas de prensa) y algunas acotaciones para casos y situaciones específicos dentro de cada situación; pero creo que es suficiente para dejar constancia clara de que los árbitros deben ser considerados por parte de los entrenadores y jugadores como una parte más del juego con la que pueden trabajar. Y, por eso mismo, deben trabajar con ello igual que con los pick and roll  y con lo que saben de lo que hace bien o mal el escolta rival. Los aficionados pueden culpar al arbitraje del resultado tras el partido, el entrenador puede hacerlo en la rueda de prensa como manera de introducir presión para los árbitros del siguiente partido; pero un entrenador no debe nunca ignorar esta parte del juego, tiene que considerar el arbitraje como una faceta de su trabajo y aprender a conocer a los árbitros y saber cómo influir sobre ellos de una manera que beneficie a su equipo. Una competición es como una guerra, lo que no está prohibido está permitido, el reglamento establece unos límites, los árbitros están para hacer que se cumplan, pero tanto reglamento como árbitros son parte del juego y, por ello, pueden y deben ser utilizados.




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