Rick Barry: El guapo, el nuevo y el malo


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 “Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar, él es realmente un idiota”. Estoy convencido de que, de haberla conocido, muchos jugadores de los años 60 y 70 hubieran utilizado esta frase de Groucho Marx para referirse a uno de los grandes jugadores de su generación, un Rick Barry que entendió su venida a este mundo como una ocasión única para buscar la perfección y castigar la mediocridad.

El aterrizaje se produjo en Elisabeth, New Jersey, en el seno de una familia de clase media-alta y en un ambiente dominado por el amor a los deportes, especialmente el baloncesto y el béisbol. De hecho, al joven Rick siempre le entusiasmó la idea de poder imitar a su gran ídolo Willie Mays, en cuyo honor decidió portar el número 24 a sus espaldas. Con sólo 13 años Barry estaba considerado como el mejor pitcher del condado y, además, como uno de los mejores bateadores. Por este motivo, durante uno de los encuentros que disputó con su instituto, Rick se enfrentó a su entrenador por no emplearle como bateador: “¿Por qué tienes jugando a chicos que golpean la bola una vez de cada seis, si yo puedo hacerlo una vez de cada dos?”. Claro, el castigo no se hizo esperar y en el siguiente partido sólo lanzó dos veces, motivo suficiente para dejar el equipo y hacerle un enorme favor al baloncesto. Y es que mucho se puede argumentar acerca de su arrogancia y prepotencia, pero poco en contra de su calidad y capacidad de sacrificio. Probablemente el béisbol perdiera a un prodigioso pitcher y a un más que notable bateador. Lo que es seguro es que el baloncesto ganó a un alero capaz de anotar, rebotear y pasar, un all around player al que el mítico entrenador Lou Carnesecca comparó con Mozart o Picasso y al que muchos definieron como Larry Bird antes de que existiera Larry Bird.

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Su periplo universitario se desarrolló en Miami. Allí conoció a Pam, su primera esposa y orgullosa madre de Scooter, Jon, Brent y Drew, todos ellos futuros jugadores profesionales de baloncesto. Curiosamente, su novia y posterior mujer era la hija del entrenador, un Bruce Hale que pocos años después volvería a cruzarse en su camino. Allí, en la universidad, Rick terminaría de pulir su instinto ganador y perfeccionista, su afán por ser siempre el primero. Con su college suspendido para el torneo final por irregularidades en la selección de jugadores, Rick Barry sólo pudo despedirse de la NCAA brillando a nivel individual tras fijar el récord anotador de la competición en 37,4 puntos por partido en su última temporada.

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Rick Barry fue elegido en la segunda posición del draft de 1965 por los San Francisco Warriors, equipo en el que disputaría sus dos primeros años como profesional. En su temporada rookie, además de ser nombrado mejor debutante del año, ya consiguió ser elegido en el primer quinteto y promediar 25,7 puntos por encuentro. Curiosamente, sus compañeros en aquel conjunto destacan el deseo que tenía el joven jugador de integrarse dentro del vestuario. “Nos hubiera seguido todas las noches si hubiera podido, pero tuvimos que esquivarle. Nosotros éramos habituales de los bares y él sólo bebía leche”, declaró años después de su retirada Tom Meschery.

La segunda temporada fue aún mejor en lo deportivo. 35,6 puntos de promedio, el MVP del partido de las estrellas y 40,8 puntos de promedio en la serie final que terminaron cediendo ante los Sixers de Philadelphia deberían haber representado el despegue definitivo de una carrera llamada a ser simplemente inimitable. Sin embargo, a Barry no le gustó la llegada al banquillo de Bill Sharman, un veterano de la II Guerra Mundial que disputó sus mejores años de baloncesto a las órdenes de Red Auerbach en los Celtics. “Bill convirtió el juego en un trabajo” declararía Barry años después.

 La mala relación con Sharman y el poderoso incentivo de obtener más dinero hicieron que Barry pasara por alto el contrato que le unía con los Warriors para dar el salto a la emergente liga ABA. El vínculo que le unía con su suegro, el ya mencionado Bruce Hale, y el repentino enamoramiento que experimentó desde el primer día hacia la soleada California, hicieron que la única decisión posible fuera fichar por los Oakland Oaks. Este movimiento dio lugar a un largo proceso judicial entre los dueños de ambas franquicias. Así, mientras los representantes de los Warriors trataban de poner en valor la vigencia del contrato, los abogados del equipo de la ABA invocaban las leyes antimonopolio en una contienda en la que el propio jugador fue el gran perjudicado. Y no sólo por lo que se refiere a la imagen codiciosa que transmitió. También en términos económicos y es que al mismo tiempo que Barry negociaba su nuevo contrato con los Oaks en una liga que supuestamente pagaba más y mejor a sus jugadores, Nate Thurmond, la otra estrella de los Warriors, hacía lo propio con su antiguo equipo logrando mejores condiciones salariales. “Debí tener siempre un abogado junto a mí”, sentenció Barry años después.

Quizá fuera el destino de Richard Francis Dennis Barry III el ser preso de las apariencias, el ser demasiado bueno jugando al baloncesto, el ser demasiado guapo y fuerte y el parecer demasiado malo por sus gestos altivos y aparente soberbia. Hoy, además de seguir enseñando a los chicos a lanzar a cuchara los tiros libres, Rick sueña con un partido igualado, con una bola en el lado izquierdo de la cancha y con una hinchada enfervorecida gritando su nombre tras anotar una suspensión milagrosa, con una grada que le anime no porque gane partidos y sí por ser simplemente quien es.

 

Para mayor desgracia de Rick, una decisión judicial le impidió jugar profesionalmente al baloncesto durante la temporada 1967-1968 al haber incumplido el contrato que tenía con los Warriors. Durante este período mejoró su golf y ganó 10 kilos de músculo. En el otoño de 1968 Barry estaba preparado para volver a las pistas y lo hizo siendo un jugador más completo. Así, aunque Franklin Mieuli había soñado todas las noches de aquel año con el regreso de Rick a San Francisco (se rumorea que tuvo su camiseta colgada en el despacho), éste no iba a producirse. No, al menos, por el momento. 34 puntos por partido, un récord de 60-18 y un campeonato. No hay mejor resumen para el primer año de Rick Barry en la ABA que esos números apabullantes. Sin embargo, aquel triunfo fue el principio de un período tortuoso para Rick. Pat Boone, dueño de los Oaks, se vio obligado a vender la franquicia y ésta encontró su nueva sede en Washington D.C., de nuevo en la otra punta del país. “Si quisiera ir a Washington me presentaría a presidente de los Estados Unidos”. Ésta fue la primera de una larga serie de declaraciones vertidas por Rick Barry para demostrar lo poco que le apetecía dejar la zona de la Bahía y tener que llenar su armario con ropa de abrigo para sobrevivir al duro invierno de la costa este. Como si de un mal presagio se tratase, la mudanza marcó el inicio de un año definido por una lesión de rodilla que sólo le permitió jugar 44 partidos promediando, eso sí, la nada desdeñable suma de 27,7 puntos por encuentro.

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Si la imagen de Rick Barry nunca fue buena por su indolencia a la hora de tratar a árbitros, aficionados o compañeros, durante el verano de 1970 ésta tocó fondo. La franquicia de los Caps, para la que había disputado la última campaña sería trasladada a Virginia. Aquella noticia colmó el vaso (pequeño) de la paciencia de Rick quien en unas declaraciones consiguió labrarse la enemistad de todo un estado: “Mirad, mi hijo va a empezar este año la guardería y no quiero que le enseñen a hablar con acento sureño (…) Estuve una vez en Virginia para jugar un torneo. Me pareció todo bien, pero era porque sabía que me iría enseguida”. Estas declaraciones y su más que demostrado amor hacia California provocaron que sonaran de nuevo cantos de sirena procedentes de los Warriors. Sin embargo, Barry no jugaría para los Warriors, no al menos por el momento. Lo haría para los New York Nets, en la meca del baloncesto, ante miles de miradas indiscretas y en el mejor teatro posible para uno de los primeros deportistas que se consideró a sí mismo un producto de marketing.

Al fin, en 1972, el idilio entre los Warriors y Barry se hizo realidad. El regreso del hijo pródigo supuso, a su vez, el renacimiento de una de las parejas más temibles de la historia del baloncesto. Con Thurmond y Barry los Warriors se erigieron automáticamente en los grandes rivales de los Lakers y en los únicos aspirantes legítimos a acabar con su hegemonía en el oeste. Los técnicos se sorprendieron enseguida al comprobar la mejora defensiva de Rick. Ahora sí que era el jugador completo que todos esperaban que fuese. Con su regreso, Barry no sólo pudo establecerse en su lugar favorito, sino que además gozó de la estabilidad que tanto había echado de menos a lo largo de su tortuoso periplo por la ABA. “Quedé retratado como un cazafortunas. Si tuviera que hacerlo de nuevo, esperaría hasta que otro idiota lo hiciera por mí”. Tras siete años como profesional, aquel atleta blanco, atractivo y con un ego de tamaño notable, pudo dedicarse a hacer lo que el destino le había indicado: dominar el baloncesto desde la posición de alero.

Rick Barry shoots a free throw

El camino hacia el anillo de 1975 tampoco fue fácil. A su llegada, no todos los jugadores le dirigían la palabra. A algunos les imponía su presencia. A otros, sencillamente, les daba asco. Sólo Clifford Ray, su principal apoyo dentro del grupo, pudo convencer al resto de jugadores de que sin Barry no sería posible alzarse con el título. Por ello, por estas dificultades, ese 4-0 con el que barrieron a los Bullets en las finales supo mejor. Y entonces, en el vestuario, Rick se derrumbó y no pudo dejar de llorar tras sentir que lo que de verdad importa no son los triunfos individuales, sino los colectivos. Aquel año Rick Barry lideró la liga en robos de balón, porcentaje de tiros libres y fue el segundo máximo anotador amén de repartir más de 6 asistencias y de atrapar más de 6 rebotes por partido. Él fue el indiscutible MVP de la temporada, pero claro, eran los jugadores quienes debían proclamar al mejor entre sus compañeros y el elegido fue Bob MacAdoo, un excelso anotador y, no cabe duda, un tipo más afable y simpático.

A partir de ahí la carrera de Rick fue atravesando un lento, pero progresivo declive. Su llegada a Houston en 1978 (un “zoo” en palabras del jugador) y su retirada dos años después ante la ausencia de ofertas lo suficientemente atractivas marcaron un final silencioso y probablemente indigno para un mito de su enjundia. Así, mientras jugadores como Jerry West y John Havlicek se dieron verdaderos baños de multitudes en el año de su retirada, el triste adiós de Rick Barry apenas levantó un par de cejas y provocó unos cuantos suspiros. Quizá fuese lo mejor. “Si hubiera anunciado que aquél iba a ser mi último año, en cada pabellón hubieran colgado un cartel antes de cada partido con la siguiente inscripción: Última oportunidad para abuchear a Rick Barry”.

Una experiencia corta como comentarista de la CBS terminó también de manera poco lustrosa para Rick, quien fue acusado de racismo por comentar una foto de su colega en las retransmisiones, Bill Russell, en los siguientes términos: “Tenías una sonrisa de sandía”. Se le acusaba, también, de ser excesivamente crítico. “Irradiaba negatividad”. Lo cierto es que le despidieron y nunca le dijeron por qué.

Hoy en día, a sus 68 años, Rick reconoce que es poco habitual que le reconozcan o que le pidan un autógrafo. Muchos de sus compañeros intentaron lavar su imagen arrogante y altanera defendiendo que el Rick Barry que saltaba a la cancha no tenía nada que ver con el Rick Barry persona, un ser generoso y siempre sonriente. Pero claro, para el gran público, un jugador no es lo que es, sino lo que parece y a Rick Barry no le ayudaron sus facciones extremadamente marcadas, su manera de tocarse el pelo o la infinita capacidad de trabajo que derivó en una confianza absoluta en sí mismo que rezumaba por los poros de su piel cada vez que cogía el balón de baloncesto y se preparaba para entrar por uno u otro lado y lanzar, y anotar, por elevación, cayendo hacia atrás o tras rectificar en el aire.

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Uno de sus muchos récords consistió en liderar la clasificación de porcentaje de tiros libres en siete temporadas distintas. Terminó su carrera con un fantástico 90% y aún hoy se pregunta por qué su lanzamiento “a cuchara” no triunfó ni entre sus coetáneos ni tampoco entre quienes vinieron después. “Supongo que no es un tiro digno para un hombre. Me duele sobre todo que ninguno de mis hijos quisiera tirar como su padre”. En un deporte en el que todo debería de valer para poner la pelota en el aro (observen cómo insiste en ello Red Auerbach en el siguiente vídeo), el tiro a cuchara de Barry ha pasado a la historia por su exotismo y no por su gran efectividad. Todo el mundo que vino después quiso imitar los ganchos de Kareem, pero nadie se atrevió a mejorar sus porcentajes desde el tiro libre adoptando esta curiosa mecánica.

 Quizá fuera el destino de Richard Francis Dennis Barry III el ser preso de las apariencias, el ser demasiado bueno jugando al baloncesto, el ser demasiado guapo y fuerte y el parecer demasiado malo por sus gestos altivos y aparente soberbia. Hoy, además de seguir enseñando a los chicos a lanzar a cuchara los tiros libres, Rick sueña con un partido igualado, con una bola en el lado izquierdo de la cancha y con una hinchada enfervorecida gritando su nombre tras anotar una suspensión milagrosa, con una grada que le anime no porque gane partidos y sí por ser simplemente quien es.

 

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