Robert Parish: un líder en la sombra


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¿Recuerdan el rostro y la estampa de Chief Bromden, el gigante amerindio que termina convirtiéndose en el mejor amigo de Randle Patrick McMurphy dentro del psiquiátrico en el que transcurre la trama de la joya cinematográfica Alguien Voló sobre el Nido del Cuco? Es, sin lugar a dudas, una de esas figuras secundarias del cine que permanecerán para siempre en la memoria del aficionado. Sin embargo, muy pocos de vosotros, intuyo, la asociaríais a la leyenda de la NBA Robert Parish.
En el estado de Louisiana, especie de vergel del que han brotado maravillosas y privilegiadas especies para la práctica del baloncesto como Karl Malone, Bill Russell, Joe Dumars o Clyde Drexler entre muchos otros y lugar de adopción, a través de su universidad estatal, de otros ídolos de la NBA como Pete Maravich o Shaquille O´Neal, nació un 30 de agosto de 1953, en el seno de una modesta familia, Robert Lee Parish, The Chief.

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Tras una infancia difícil en la que el bueno de Robert no paraba de crecer y crecer haciendo temblar los cimientos de la economía familiar (su madre debía ingresar unos dólares extra cada vez que el vestuario de Robert se quedaba pequeño) y mientras en las calles de Shreveport, su ciudad natal, se hacían cada vez más audibles las reivindicaciones de los movimientos sociales contrarios a la discriminación racial, el deporte se hizo presente. Los primeros juegos que captaron la atención de Robert fueron el béisbol, el atletismo y el fútbol americano. Sin embargo, y a pesar de haber podido triunfar en cualquiera de estas disciplinas en atención a su ética y manera de entender la competición, todo hacía indicar que sus aptitudes encontrarían el lugar ideal para desarrollarse dentro de una cancha de baloncesto. Así, al menos, lo creyó Coleman Kidd, el coordinador del equipo del instituto, quien se encargó personalmente de que Robert acudiera puntualmente a todos los entrenamientos previos a las clases.

En el High School empezó a destacar por su coordinación y por toda una serie de habilidades que parecían innatas. Sin embargo, en aquel entonces, los rectores de la NCAA eran muy exigentes en relación con los currículos escolares de los atletas y Robert Parish no era precisamente un amante del estudio. La Centenary School de Shreveport consiguió mediante una fórmula mágica (en realidad no tanto) que el resultado de los tests a los que había sido sometido el bueno de Robert cuadrara de tal forma que pudiera formar parte del equipo de baloncesto del centro, un equipo humilde y sin afiliación a conferencia alguna que tenía que desplazarse para poder disputar partidos de nivel. La NCAA obligó a este college católico a obedecer las normas y a denegar, de esta manera, la tramitación de la licencia deportiva al pívot y a otros cuatro atletas con los que se había llevado a cabo el mismo procedimiento, pero se negaron. Fue entonces cuando a la NCAA no le quedó otra que sancionar a la universidad por un período de seis años dejándola fuera de los cuadros estadísticos, de los resúmenes de prensa y, por supuesto, de los torneos finales. Robert Parish se había convertido depronto en “El Hombre Invisible” y aunque sus actuaciones (20,5 puntos y 16,6 rebotes de media) llevaron a la universidad a vencer en 65 de los 81 partidos que disputara en las tres primeras temporadas, éstas tuvieron muy poca repercusión a nivel mediático. En la primavera de 1976, Robert Parish, cansado ya del anonimato, decidió darse a conocer y pasarse a profesional.

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Fue entonces cuando entre los ojeadores se empezaron a preguntar si este chico sería capaz de rendir al nivel de los mejores. Su ausencia en los grandes torneos no hacía más que generar dudas acerca de su verdadero potencial. Muchos se preguntaron por los motivos de su fidelidad a Centenary School cuando cualquier otro hubiera aceptado, a cambio de “perder” un año deportivo, un transfer a otra universidad más competitiva y, especialmente, libre de toda sanción. Pero Parish lo tenía muy claro. No se fue porque no le dieron motivos para ello. Porque, en definitiva, le trataron todo lo bien que a un chico de 18 años se le puede tratar.

Las crónicas de los periodistas locales, los reconocimientos a nivel estatal y las visitas al propio centro generaron un sentimiento unánime entre los profesionales de los despachos de la NBA. Robert Parish tenía un hueco bajo los tableros de la mejor liga del mundo y así se plasmó en la misma noche del Draft en la que fuera elegido por los Golden State Warriors, campeones dos años antes, como número ocho de la primera ronda.

Al Attles, el entrenador, confiaba tanto en la capacidad del jugador que le otorgó galones desde un principio. No sabía que Robert Parish había nacido para ser un importante actor secundario, un Chief Bromden de la escena. No sabía, y esto es más grave, que el juego del doble cero estaba llamado a hacerse grande en las proximidades del cesto y no a cinco metros de él. Fuera de sitio y con unos compañeros a los que tildó de egoístas en más de una ocasión, la ilusión del pívot de Shreveport fue decayendo al mismo ritmo que el récord del equipo. Ni siquiera el regreso de Rick Barry en 1977 consiguió levantar la moral de un equipo campeón venido a menos, instalado en la atonía y esclavo de las virtudes, reconvertidas en vicios, que le llevaron a ser el mejor unos años antes. A Robert, competidor nato, le molestaba que las derrotas adquirieran carácter rutinario, que a sus compañeros les importara más bien poco el desenlace de los juegos. Sólo su mentor, Clifford Ray, pívot batallador muy recordado por su poblada barba, pudo adentrarse en el corazón de su compañero para convencerle de que siguiera luchando. “Él sabía que quería ser un gran pívot. Simplemente no sabía cómo llegar hasta allí”. En apenas cuatro temporadas Robert había conocido el lado más amargo del mundo profesional, pero aún le quedaban otras mieles por probar.En plena época de desesperación y desencanto, planteándose seriamente el abandonar el baloncesto, apareció Red (Auerbach) para, con una maniobra demasiado brillante para ser cierta, conseguir llevarse a Boston al propio Parish y al número 32 que aún luce en el cielo del Garden, Kevin McHale. Y si un cambio de aires siempre produce efectos revitalizadores aunque sólo sea en el corto plazo, éste, en concreto, supuso una transformación radical en la forma de afrontar los retos por parte de El Jefe, The Chief, como fue bautizado nada más llegar a Boston por su compañero Cedric Maxwell por su parecido con el personaje de la película (callado, silencioso, disciplinado,…). En los Celtics sus movimientos (tiro a la media vuelta, medio gancho hacia el centro de la pista o su famoso tiro arcoíris) y su lucha lucieron mucho más. En Boston, lo afirma él en una reciente entrevista, aprendió lo que significan la lealtad y el compañerismo Y es que él formó junto a Bird y McHale el mejor frontcourt de todos los tiempos, el primer Big Three victorioso de la historia de unos Celtics que hasta entonces se alimentaba principalmente de los esfuerzos heroicos de Russell, de las genialidades de Cousy o del buen hacer de jugadores como Havlicek, Sam Jones, Tom Heinsohn, Bill Sharman y muchos otros que me dejo en el tintero por economía de medios y porque no se trata de escribir sobre los Celtics y sí sobre su eterno doble cero.

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Cuatro entrenadores le dirigieron en su periplo céltico y sólo uno, Bill Fitch, le condujo a los límites de su infinita paciencia. “Para él nunca era suficiente”, afirmó Parish en una entrevista que concedió a raíz de su ingreso en el Hall of Fame. Con él como entrenador los Celtics recuperaron el trono de la liga en 1981 y todo hacía indicar que aquella década sería una especie de continuación de la época dorada de los años 60. Pero claro, Magic y sus Lakers primero y más tarde los Pistons de Thomas, Dumars y compañía se levantarían en armas contra esa posible tiranía. Precisamente fue en un partido contra los chicos de la Motown cuando Robert Parish, tradicionalmente impasible, perdió los nervios y golpeó, en una secuencia de tres puñetazos, a Bill Laimbeer hasta tumbarlo en el suelo. El pívot de Detroit había conseguido, a través de sus conocidas (y reconocidas) malas artes, convertir la principal fortaleza del juego de Robert, su alto grado de concentración y su indiferencia ante la provocación, en un acto violento que le supuso un partido de sanción. Aquél fue el único borrón de catorce años de intachable servicio en la franquicia del trébol en los que fue clave para la consecución de tres anillos y para alcanzar otras dos finales de la NBA.

Las continuas lesiones de Bird y McHale sumadas a las salidas de Dennis Johnson y Danny Ainge y a los infortunios en forma de muertes prematuras de Len Bias o Reggie Lewis sumieron a los Celtics en una profunda depresión para la que sólo el Jefe parecía tener cura. En el inicio de la década de los 90, con 37 años ya cumplidos, seguía promediando 15 puntos y 10 rebotes. Una estricta dieta y un carácter estoico contribuyeron en gran medida a la longevidad de una carrera que alargó tanto como pudo con su paso por Charlotte y con tres simbólicos partidos en el seno de uno, otro más, de los mejores equipos de la historia, los Bulls con la versión 2.0 de Michael Jordan. Así, ganando un anillo que nunca consideró suyo y siendo elegido con motivo del 50 aniversario de la liga como uno de los mejores cincuenta jugadores de la historia, pondría fin a su carrera baloncestística, a 21 años marcados por su ética de trabajo y su dedicación a los fines colectivos, por su austeridad y por una manera silenciosa de liderar a sus equipos. Un periodista norteamericano definiría esta carrera como “indudablemente larga (sus 21 temporadas en activo y sus 1611 partidos representan aún un récord de la competición) e incuestionablemente buena”. Ni siquiera su carácter poco social, se definía a sí mismo como un solitario, o el vivir a la sombra de Bird o McHale le privaron de justos y merecidos reconocimientos como la retirada de su camiseta de los Celtics en 1998 o la entrada en el Salón de la Fama en 2003.

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Nació donde muchos tardan horas en morir, trabajó como pocos son capaces de trabajar para llegar a defender una camiseta que sólo unos elegidos tuvieron, y tendrán, el honor de portar. Muchos pensarán que Parish tuvo la suerte y el privilegio de jugar junto a los mejores. Sin embargo, ellos lo saben, la fortuna la tuvieron ellos por estar al lado de un jugador humilde y desinteresado que se dedicó a hacer mejores a sus compañeros y a convertir en ganadores a sus equipos. Regresando a la frase del inicio, Robert Parish nunca quiso ser un líder, pero siempre logró tender puentes. Lo hizo, como Chief Bromden en Alguien Voló sobre el Nido del Cuco, a su manera.

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