Magic Johnson: Regreso al Futuro


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He escrito sobre su retirada. He criticado sus críticas. Lo he ensalzado como la parte de un todo, pero no como el todo que realmente fue. Por eso, hoy y no más tarde, le dedico este post, el que se merece y el que durante tiempo he deseado escribir siendo consciente desde el primer momento, también ahora, de que mi pluma no podrá en caso alguno reflejar su maestría en el manejo del balón o en el empleo de su cuerpo.

Nació donde nadie podría augurar. En la nada más absoluta de todas las nadas, entre quercíneas adaptadas al rigor del invierno y coníferas dispuestas a soportar el húmedo calor del verano. Donde ningún profeta hubiera situado al jugador más inútilmente imitado de todos los tiempos. Porque querer ser como Magic es tan absurdo como imaginar que su magia pudiera proceder de Lansing, Michigan.

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Es difícil destacar en una familia corriente de nueve hijos cuando tu padre es sólo uno más de los trabajadores de la General Motors y tu madre la conserje de una escuela. Fue vital la compañía que le ofreció una pelota de baloncesto, la misma que manejaba mientras hacía los recados y con la que dormía cada noche. Lo afirma él mismo y aunque es cierto que todo en torno a Magic adquiere un cariz hiperbólico no existen motivos para no creerle.

La figura de Magic es la de un héroe local orgulloso de sus orígenes y aferrado a sus raíces. Por ello quiso completar su formación en su estado natal, Michigan, temeroso de un mundo, el que se levantaba más allá de las fronteras de lo conocido, al que terminaría asombrando. Así, aunque más ateniense que espartano, más Pericles que Leónidas, Johnson decidió enrolarse en las filas de la universidad estatal para conseguir como líder de los Spartans el título nacional en el partido colegial que más expectación ha levantado hasta la fecha, el que le enfrentó al otro héroe deportivo de la nación, al ídolo local del estado vecino, Indiana. A Larry Bird.

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En 1980, mientras el Pájaro provocaba una convulsión en la ciudad de Boston transformando dramáticamente el récord de su equipo, Magic decidió que no había tiempo que perder. Si su legado estaba llamado a ser único e inimitable por qué no empezar por el principio. Y el principio fue ser número 1 del Draft y recalar en Los Ángeles Lakers, en la capital del glamour, allí donde su sonrisa podía dibujarse con la seguridad de saber que en esta tierra de sueños y espectáculo ésta, la sonrisa, es el mejor antídoto contra la hipocresía y las envidias que surgen a cada paso.

Ni rookie wall ni miedo escénico. Lo único que escuchó Magic en su primer año fue la llamada de los dioses. Así lo atestiguan sus números (18 puntos, 7 rebotes, 7 asistencias) en temporada regular. Aun así, nada comparable a lo que consiguió en el último partido de su primera temporada, en la fecha de su autocoronación como jugador total. Jugando de todo, en ausencia de Jabbar, Magic Johnson firmaría uno de las más apoteósicas actuaciones en unas finales de la NBA. Sin el suspense que acompañó a la última canasta de Jordan en Salt Lake City, aquel partido tuvo todos los demás ingredientes. Los Lakers viajaban a Philadelphia con un 3-2 a favor, pero con el factor en cancha perdido. Toda una generación de Sixers (Erving, Bibby, Collins, Dawkins, Cheeks,…) aspiraba a aprovechar la ventaja de jugar en el ruidoso the Spectrum para remontar la serie. Pero Magic tenía otros planes y anotando la mayor parte de sus puntos a dos metros del aro o desde el tiro libre cosechó un 42-15-7 para la historia que demostró que además de un mago genuino era también un jugador duro física y mentalmente.

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Aquel día también demostró que podía anotar. Si el equipo lo demandaba Magic podía irse hasta los 30 puntos con facilidad. De hecho, dando un repaso rápido a sus números y a pesar de que nunca rebasó los 25 puntos de media en temporada regular, el hecho de que sus porcentajes superaran o rondaran, en el peor de los casos, el cincuenta por ciento de acierto demuestra que si no lo hizo fue porque no quiso, porque su equipo no lo necesitó o porque, simplemente, prefirió asistir e impartir magisterio en ese arte en decadencia que las marcas publicitarias y los indomables egos pretenden enterrar para siempre: el del pase. Sus 12,3 asistencias de promedio en playoffs cobran mayor valor aún por encontrarse en un equipo sin tiradores puros, sin una de esas ametralladoras que convierten cualquier inocente pase en una asistencia que sumar a la estadística.

Contó, eso sí, con uno de los mejores finalizadores de la historia, con un muelle andante con el 42 a la espalda tan portentoso en el ejercicio de sus facultades como limitado a la hora de generarse sus propias canastas. Worthy fue un tipo honrado, un experto a la hora de culminar contraataques y un buen tirador de media distancia. Poco para entrar a formar parte del selecto club al que pertenece de no haber sido por la inestimable ayuda de su compañero de fatigas, de su cómplice en aquellos fantásticos contraataques que convirtieron al Forum de Inglewood en la capital mundial del entretenimiento.

El otro miembro del Big Three fue Kareem, el máximo anotador de la historia de la liga y el jugador más infravalorado cuando de elaborar listas de los mejores de todos los tiempos se trata. El Kareem de los Lakers ya no se parecía en nada al exultante Lew Alcindor de sus primeros años en Milwaukee. Bien entrado en la treintena, a Jabbar le quedaban los ganchos, la intimidación y, claro, comer gratis, alimentarse de lo que Magic le servía en bandeja.

Con la llegada de Pat Riley Magic consiguió su segundo anillo, el de 1982, también ante los Sixers. Sin embargo, la derrota de 1984 ante los Celtics de Boston levantó ampollas en el vestuario angelino y, sobre todo, en la moral de Magic. Larry, su rival en la distancia, cosechaba títulos y MVP mientras Johnson parecía pequeño a la sombra de Jabbar y ante el derroche de exuberancia de un técnico, Pat Riley, al que es difícil calificar entre los adjetivos que le tachan de oportunista y aquellos otros que le perfilan como un genio.

 

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En 1985 llegó la venganza. Tras el primer partido de las finales, el conocido como “The Memorial Day Massacre”, en el que en medio de una atmósfera asfixiante los Celtics apabullaron a los Lakers anunciando una reedición de lo ocurrido un año antes, los Lakers consiguieron darle la vuelta a la situación para acabar ganando 4-2 cosechando el definitivo partido a domicilio, en el mítico Boston Garden, el sancta sanctorum de la religión céltica. Se cobraban así numerosas cuentas pendientes. Chamberlain o West tuvieron que esperar a que los Celtics desaparecieran de las finales para poder hacerse con un título de la NBA. Magic no.

En 1986 las torres gemelas de Houston (Sampson y Olajuwon) eliminarían a los Lakers en la Final de la Conferencia Oeste para perder, a continuación, ante la mejor versión de los Celtics en la década de los ochenta, la que contó con Bill Walton como imponente sexto hombre. Así, la reedición del duelo hubo de esperar a 1987 y, entonces, acompañando a unos números insultantes (para los rivales) de 21,8 puntos 7,7 rebotes y 12,2 asistencias, Magic nos dejó la canasta más importante de su carrera, un gancho a unos cuatro metros del aro por encima de Parish y McHale que silenció el Garden y que determinó el resultado final de la eliminatoria y el fin de ciclo definitivo de unos Celtics que no volverían a comparecer en unas finales hasta 2008. Esta canasta de póster, ese “baby hook” anotado cuando todas las luces del planeta apuntaban al centro de la zona céltica, le encumbró definitivamente como un mito. El mundo ya sabía que podía dirigir la orquesta, dar asistencias de fábula o meter bandejas y tiros en momentos más o menos importantes. Sin embargo, a partir de aquel gancho, el mundo supo también que en las manos callosas del número 32 de los Lakers radicaba la esencia de la victoria, que por ellas corría la sangre a la misma temperatura a la que se encuentra el agua del Lago Michigan en invierno.

En el 88 llegó un último título, el quinto, ante unos Pistons que enviaban señales inequívocas de que el período de reinado angelino estaba tocando a su fin. Así llegaron las finales perdidas, dos ante los Bad Boys y otra más frente a los Bulls. Las piernas de Magic ya no eran las mismas. Tampoco las de Scott o Worthy. Además, donde antes se erigía la escultural estampa de Jabbar, empezó a aparecer la desaliñada barba de un Divac que, aunque talentoso y pleno de virtud, no resistía la comparación. Indiscutible era también el talento de los AC Green, Mychal Thompson, Sam Perkins o el propio Elden Campbell. Tan indiscutible como insuficiente ante un equipo físico como aquellos Bulls de los primeros años 90 que no dudaban en presionar toda la cancha cuando el partido así lo requería.

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Y entonces llegó el 7 de noviembre, el anuncio que pilló a Jordan conduciendo y que por poco le origina un accidente. El desconocimiento generalizado sobre una enfermedad considerada mortal obligó a Magic a colgar las botas y a morir en vida. A dejar su pasión cuando aún quedaba cátedra por impartir, cuando ya tenía memorizados nuevos pases de fantasía y bandejas en extensión. Los rumores sobre el origen del virus se multiplicaron. Sólo Barcelona, aquellos Juegos para el recuerdo, pudieron insuflar un poco de vida y basket en el organismo enfermo, no por el virus y sí por la melancolía, de un Magic al que el traje de ejecutivo nunca le acabó de sentar bien.

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Yo, humilde bloguero, siempre le recordaré luciendo los colores oro y púrpura de unos Lakers a los que mi condición de céltico no me impide admirar, unos Lakers dirigidos por uno de los tres mejores jugadores de la historia, Magic Johnson, un hombre que se inspiró en el pasado, que jugó en el presente y que, en realidad, vino del futuro. Un futuro al que el juego todavía no ha llegado. Un futuro del que Magic nos dejó un adelanto que siempre, por muchos vídeos que veamos, nos sabrá a poco.

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